Por: Diana Ximena Carreño Mayorga/ Quiero empezar haciendo referencia a las construcciones sociales y culturales que asignan roles, expectativas y comportamientos a las personas basados en su sexo biológico como se menciona anteriormente en la descripción del problema y la teoría de Darwin.
Mientras que el sexo es una categoría biológica (masculino y femenino), el género es una construcción social y cultural que se expresa a través de las normas, roles y estereotipos de lo que se espera de hombres y mujeres en diferentes contextos.
Una teoría clave, según Judith Butler, en su obra «Gender Trouble» (1990), propone que el género no es algo fijo o esencial, sino que se construye socialmente a través de la performatividad, es decir, las personas «hacen» el género mediante sus acciones, lenguaje y comportamientos.
A partir de la manera en cómo se constituye el género en la sociedad empieza a aparecer las relaciones de poder como dinámicas de control, dominio y subordinación que se dan en las interacciones sociales. El concepto de poder ha sido ampliamente estudiado por pensadores como Michel Foucault, quien sostiene que el poder no se encuentra solo en instituciones o gobiernos, sino que se manifiesta en todas las relaciones sociales y en las prácticas cotidianas, incluidas las relaciones de género.
Una de las teorías claves para su mejor comprensión estuvo focalizada en Foucault en la historia de la sexualidad describe cómo el poder opera de manera difusa en la sociedad, estructurando tanto las prácticas como los cuerpos de las personas. El poder en las relaciones de género se manifiesta a través de la imposición de roles y expectativas, que refuerzan la jerarquía entre hombres y mujeres.
Las relaciones de poder desiguales son la base sobre la cual se perpetúa la violencia de género. El ejercicio del poder masculino sobre el femenino crea las condiciones para que se justifique la violencia contra las mujeres, manteniendo su sumisión y control.
Dicha violencia de género refiere a cualquier acto de violencia basado en el género de una persona, donde se utiliza el poder y el control para someter a otro individuo, generalmente en situaciones de desigualdad. Aunque afecta tanto a hombres como a mujeres, las mujeres son las principales víctimas de violencia de género, que puede manifestarse de diversas formas, como violencia física, psicológica, sexual, económica y simbólica.
La violencia de género es una manifestación extrema de las normas de género rígidas y de las relaciones de poder desiguales, donde las mujeres son vistas como subordinadas o inferiores.
La prevención de la violencia de género involucra estrategias que buscan erradicar o reducir los casos de violencia antes de que ocurran, promoviendo la educación en torno al respeto, la igualdad de género y la resolución pacífica de conflictos. La prevención debe trabajar sobre las bases culturales y sociales del poder y las normas de género. Cambiar la percepción de la masculinidad y la feminidad y fomentar una cultura de igualdad es clave para evitar que las dinámicas de poder desiguales den lugar a la violencia.
Tanto Paola Bachetta como bell hooks por ejemplo, consideran que la pedagogía, en su forma más crítica y transformadora, puede ser una herramienta clave para prevenir la violencia de género. A través de la educación, se puede: Desmantelar las normas de género opresivas, desnaturalizar las dinámicas de violencia, empoderar a los sujetos oprimidos, y fomentar una transformación de la conciencia social.
Hoy quisiera invitar a la reflexión, así como ambas autoras defienden una educación crítica debemos cuestionar las estructuras de poder que perpetúan la violencia de género y, a la vez, comprometernos con la construcción de relaciones más justas y equitativas entre los géneros.
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*Psicóloga del Programa de Diversidad Sexual y Población LGBTIQ+ de la Secretaría de Desarrollo Social, alcaldía de Bucaramanga.