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Salud a la colombiana: oportunidades de mejora del SGSSS (Parte 2)

La corrupción en el sector y la actuación indebida de algunos agentes empeoran el problema, como sucedió con el cartel de la hemofilia, con el que se calcula se defraudó al Estado en más de $ 50 mil millones de pesos, dinero con el que se habría podido dar atención gratuita a unos 67 mil pacientes del departamento de Córdoba.

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Por: María Isabel Ballesteros/ El cambio del modelo socioeconómico de los años 90 en Colombia y la proclamación de la Carta Magna del 91, brindaron el contexto para la aparición del nuevo Sistema General de Seguridad Social en Salud (SGSSS), que organizó la Ley 100 bajo la premisa de una “competencia regulada” donde el objetivo de las EPS no debe ser los precios o primas, sino la calidad del servicio que ofrecen para atraer nuevos usuarios.

Partiendo de la buena fe de los competidores esta premisa es ideal para cualquier sistema de salud, pues evita la discriminación por parte de las EPS y el afiliado paga en función de su salario y no de sus riesgos, además de garantizar la mejora continua; sin embargo, el problema es que el Estado al asumir que la competencia en calidad de las EPS es efectiva, gira a todas por igual la Unidad de Pago por Capitación (UPC), que es un valor anual por cada persona afiliada al SGSSS e independientemente de la calidad del servicio prestado, pues no maneja mayores parámetros de evaluación.

Esta debilidad del sistema es aprovechada por muchas EPS para prestar un servicio regular o no esforzarse en mejorar la calidad de la atención, pues no les implica el riesgo de disminuir su participación en el mercado ni ven afectados sus resultados económicos, salvo cuando son intervenidas.

Adicionalmente, al quedar constituidas como Empresas Administradoras de Planes de Beneficios, las aseguradoras contratan los servicios con IPS u Hospitales públicos, lo que es criticado por considerarse una intermediación en la salud y no un apoyo para el Estado, razón que sumada al amplio número de EPS envueltas en escándalos de recursos de la salud, invertidos en campos que nada tienen que ver con el sector, sobrecostos hasta del 8.000% en los precios máximos permitidos en medicamentos para enfermedades catastróficas, o el consumo preferente de un proveedor de medicamentos, propio de oligopolios, lleva a afirmar que estamos frente a un descarado “negocio de la salud”.

A pesar de que Colombia es el segundo país de América latina donde más se invierte en este sector con respecto al PIB (2,8%), después de Chile, otros factores amenazan la sostenibilidad financiera del SGSSS, pues los recursos son insuficientes para cubrir las necesidades surgidas a partir de cambios estructurales como el crecimiento demográfico, el aumento de la esperanza de vida de los colombianos, la implementación de nuevas tecnologías en este campo, que no estamos lejos en adoptar, y el crecimiento de las enfermedades catastróficas.

Precisamente, una de las razones que “entorpecen” la atención de los pacientes con enfermedades de alto costo es lo “onerosos” que resultan, argumento que dicen las aseguradoras “hace insostenible financieramente el sistema”; sin embargo, las barreras por parte de los prestadores son comunes también en pacientes de primer nivel, que tienen que lidiar con el retraso en la asignación de citas, entrega de medicamentos y la ejecución de tratamientos, así como enfrentar procesos administrativos dispendiosos para obtener atención.

Otro de los problemas que afectan el sector es la deuda del Estado con las EPS, que en reciente entrevista con Juan Gossaín, le indicaron ha llegado a más de 20 billones de pesos al 2021, lo que según ellos justifica su no pago a las IPS. Frente a esto, el gerente de la ADRES, entidad estatal que transfiere los recursos a las EPS respondió que las aseguradoras si han recibido dineros del gobierno razón por la cual, para muchos expertos, esta combinación entre Estado y particulares es “fatal”, pues unos responsabilizan a otros y al final los afectados son los usuarios.

Por su parte, las IPS parecieran que están en desigualdad de condiciones frente a las EPS, pues el Estado las presiona a seguir prestando sus servicios sin que les hayan pagado, a endeudarse para cubrir la nómina, comprar insumos y sumado a que muchas de estas son cajas menores de politiqueros, disminuye su rentabilidad, mientras que las EPS, aunque deben pagar en un plazo máximo de dos meses a las IPS, se pueden estar demorando más de un año sin recibir mayores presiones.

Adicionalmente, aunque la Acción de Tutela se convirtió para los usuarios en la primera medida para lograr la atención en las EPS, estos fallos “terminan sobrecargando todo el sistema a nivel financiero, pues las prestaciones excepcionales por esta vía pueden conllevar a una asignación de recursos ineficiente y Colombia es el país con mayor nivel de judicialización de la salud en el mundo”.

La calidad de la atención en salud también se ve afectada por el desequilibrio en la ubicación del talento humano en todo el país, pues está centralizado en las capitales más importantes de los departamentos lo que dificulta el cuidado de los pacientes con requerimientos especiales en la atención, ubicados en zonas distantes o dispersas.

Pero hay más desafíos, pues Colombia tiene la tasa de hospitalización más alta de Latinoamérica, sin embargo, alrededor de la tercera parte de estas se podría prevenir con una adecuada atención primaria, pues sólo el 36% de los pacientes cuenta con un médico general que les atienda. Esto refuerza la idea que nuestro modelo de salud es más curativo que preventivo y las secretarias de salud municipales y departamentales deben concientizarse en apoyar realmente a las IPS, con los recursos asignados por el Estado a través del Plan de Intervenciones Colectivas, en la promoción y prevención de la salud.

La corrupción en el sector y la actuación indebida de algunos agentes empeoran el problema, como sucedió con el cartel de la hemofilia, con el que se calcula se defraudó al Estado en más de $ 50 mil millones de pesos, dinero con el que se habría podido dar atención gratuita a unos 67 mil pacientes del departamento de Córdoba.

Por otro lado, la situación laboral del personal de la salud es muy precaria. Según encuesta realizada por la Contraloría General de la República en el país, a más de 12.000 trabajadores del sector, “el 43% de ellos laboran por prestación de servicios, en provisionalidad o en el peor de los casos, a través de terceros o cooperativas de trabajo asociado” que contratan al personal de hospitales públicos y clínicas indirectamente, lo que va en detrimento de sus ingresos, pues deben aportar a dichas cooperativas hasta un 15% de su sueldo mensual; aparte está la enorme deuda de los salarios al personal de salud que finalmente no compensa lo invertido en su formación, pues los costos semestrales promedio en una universidad privada son de $15.000.000, cuando el salario recibido por un médico está sobre los $2.500.000, sin incluir los descuentos de ley.

Estas son, a grosso modo, las problemáticas más comunes en el sector salud, pero como reza la sabiduría popular “a grandes males, grandes remedios” y en el caso de hitos como la Ley 100, que ha demostrado resultados a pesar de sus oportunidades de mejora, vale la pena continuar conociendo los procesos que se han venido implementando y las alternativas que se vislumbran para resolver sus vacíos y fallas, pero esto es algo que veremos en las siguientes entregas de este tema.

*Asesora en Sistemas Integrados de Calidad

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(Esta es una columna de opinión personal y solo encierra el pensamiento del autor).

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¡Jóvenes, llegó la hora de actuar!

Para que estos Consejos Municipales de Juventud, no pasen desapercibidos, como ocurre con muchos mecanismos de participación y cumplan con el objetivo para el cual fueron instituidos, es necesario que se cumplan dos aspectos importantes, que exista voluntad política real del Gobierno para apoyarlos y que los jóvenes realmente se empoderen de los temas de interés público y participen activamente de las soluciones.

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Por: Javier Antonio Rojas Quitian/ Bastante ha sido la inconformidad mostrada por los jóvenes de nuestro país, respecto a la forma como se han administrado los asuntos y las finanzas públicas, por ello, genera bastante expectativa la implementación de la Ley 1622 de 2013, mediante la cual se expide el Estatuto de Ciudadanía Juvenil y se da elección en los municipios de Colombia a los Consejos Municipales y locales de juventud.

Estos Consejeros de Juventud, 11136 en total, que serán elegidos en todo el país, según la norma, tienen dentro sus funciones, ejercer un rol de veedores para hacer control a los recursos que se ejecutan en sus territorios y promover la participación de los jóvenes en el diseño e implementación de planes, programas, proyectos y políticas públicas sobre temas de interés de la juventud.

Ahora bien, aunque en el papel, que todo lo aguanta, pareciera que estos consejos de juventud, los cuales son más el resultado de la protesta social de los jóvenes, que de la voluntad política del gobierno, se convertirán en espacios de participación, de discusión y  decisión para los jóvenes Colombianos, pero la verdad es que, según las Constitución Política, varios son los mecanismos de participación ciudadana  con los que ya se cuenta, el voto, el plebiscito, el referendo, la consulta popular, el cabildo abierto, la iniciativa legislativa y la revocatoria del mandato y espacios como los Concejos Municipales y las Juntas de Acción Comunal, pero es muy poco lo que los ciudadanos y específicamente los jóvenes acuden a ellos para incidir en la toma de decisiones públicas.

Para que estos Consejos Municipales de Juventud, no pasen desapercibidos, como ocurre con muchos mecanismos de participación y cumplan con el objetivo para el cual fueron instituidos, es necesario que se cumplan dos aspectos importantes, que exista voluntad política real del Gobierno para apoyarlos y que los jóvenes realmente se empoderen de los temas de interés público y participen activamente de las soluciones.

Es necesaria la voluntad política del gobierno para apoyar estos consejeros, pues deja mucho que pensar, que a una norma instituida desde el 2013, apenas se le esté dando cumplimiento, y más cuando se sabe que esta elección es consecuencia de la protesta social que los jóvenes han adelantado, por ello en realidad, no pareciera que el gobierno esté tan interesado en fortalecer estos consejos.

Y para que estos funcionen correctamente, se requiere de la voluntad de nuestros gobernantes, presidente, gobernadores y alcaldes, primero de escuchar a los consejeros y de estudiar y adoptar en los planes de desarrollo las propuestas que ellos planteen y segundo, deben hacer una inversión de recursos para capacitarlos, asesorarlos y dinamizar su gestión, pues estos consejos inicialmente van a funcionar sin presupuesto, lo que va a dificultar su gestión.

También es necesario un empoderamiento total de la juventud, pues hay en el entorno una sensación de que los jóvenes, cuestionan y critican la realidad política y la gestión pública del país, pero muy poco se atreven a presentar alternativas reales de solución y a participar de los espacios de toma de decisiones y desarrollo comunitario como las Juntas de Acción Comunal o los Concejos Municipales.

Acá, los jóvenes van a tener una gran oportunidad, de convertir esa inconformidad en propuestas reales y factibles, tendrán la oportunidad y el escenario para demostrar, con hechos, que efectivamente tienen razón y que las cosas se pueden hacer de diferente manera y mejor, pero esta vez no será con proclamas en protestas o en redes sociales, esta vez tendrán que demostrarlo con sus actos e ideas.

Felicito a los jóvenes electos y a quienes aspiraron, pero no lo lograron, gracias por querer ser parte de las soluciones, por interesarse en los asuntos comunitarios, bienvenidos a la realidad pública del país, a la actividad en donde los recursos siempre son limitados, en donde ningún esfuerzo es suficiente pues siempre habrá algo por hacer, seguramente serán juzgados y cuestionados, pero eso debe fortalecerles el gusto por lo social y lo comunitario. Dios les bendiga con sabiduría y justicia, para que siempre tomen las mejores decisiones y lo hagan en favor de quienes más lo requieren.  Buen viento y buena mar.

*Exalcalde de Sucre (Santander), Administrador de Empresas, Especialista en Gestión Pública y Magister en Políticas Públicas y Desarrollo.

(Esta es una columna de opinión personal y solo encierra el pensamiento del autor).

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Encanto

Como dicen en los reinados, el tema de la presidenta fue el “palo” de las sesiones venideras de la Cámara; y haciendo honor a este medio de comunicación, los corrillos en el Congreso no se hicieron esperar, al proponer en días pasados un debate que promoviera su renuncia.

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Por: Óscar Prada/ De los mismos creadores de Anatolio, vote sí”; hoy se presenta “Encanto”, la belleza de la política hecha columna.

Hablando de belleza, Colombia es hermosa por naturaleza, tanto así que la industria del séptimo arte expone el atractivo nacional a través de las salas de cine; sin embargo “las bellezas por naturaleza” del ramo público le compiten al filme de moda. Pero, ¿Cómo se considera algo como bello?

Solo por nombrar algunas “bellezas”, como la fiesta de temática nazi en una entidad pública, y el cartón falso de aquel funcionario destituido que reproducía las palabras: “unibersidad” y “Neiba” con “b”, son el encanto de los días pasados; pero sin lugar a dudas, la tesis de maestría de la encantadora presidenta de la Cámara de Representantes no se queda atrás.

No es para menos; la señorita Arias, pasó de presidir la cámara fotográfica como modelo, a dirigir la Cámara de Representantes. Aquella mujer curiosamente asediada por las cámaras tiene un registro de impacto, que hacen de ella “una belleza completa”.

Verdaderamente los registros de la “belleza” de presidenta son desconcertantes; luego de su afamada frase, “Anatolio, vote sí”, ahora después su alma máter confirma plagio en su tesis de grado. Es decir; su trabajo para obtener la maestría fue enriquecido con ideas ajenas sin dar crédito alguno a los autores originales, afirma la universidad.

Como dicen en los reinados, el tema de la presidenta fue el “palo” de las sesiones venideras de la Cámara; y haciendo honor a este medio de comunicación, los corrillos en el Congreso no se hicieron esperar, al proponer en días pasados un debate que promoviera su renuncia.

Al mejor estilo de los certámenes de belleza, la presidenta sale avante a pesar de las críticas, y como buena soberana permanece orgullosa con la corona puesta, muy a pesar del bochornoso escándalo.

¡Soy una mujer de Dios!, ¡tengo derecho a ser escuchada!; entre otros alegatos, fueron los usados por la susodicha para defenderse. Consecuentemente, en parte tiene razón.

La Universidad, como garante del registro de los trabajos de grado para avalar los títulos que confiere, es responsable de revisar rigurosamente los documentos requeridos, antes de titular a un estudiante.

Contrariamente; la misma universidad, media década después de otorgarle el título de maestría a la congresista, “certifica” plagio en la tesis de grado ¿es sensato decretar plagio después de tanto tiempo, sin reconocer descuido alguno en la revisión?

¿Y dónde está el hilaje de esta columna? ¿para qué tan extensa introducción?; la respuesta se presenta enseguida. Por abrumadora mayoría se concibe a Colombia como un país bello y corrupto a la vez; ahora bien ¿se puede concebir como “bello” a un país hermoso por fuera y oscurecido por dentro?

¿En que se relaciona la situación de la presidenta, con lo anterior? Al igual que la nación, el ejemplo de la congresista es muy similar: es hermosa y exuberante por fuera, y cuestionable en su interior.[1]

En el caso de Colombia, la belleza y la fealdad son indivisibles; es una contrariedad chocante, a sabiendas que la corrupción que desfigura al país, pudiese perfectamente enmendarse de una u otra manera.

Pareciera más fácil erigir montañas, formar ríos, y florecer desiertos; que derrotar a la corrupción opacante de la envidiable belleza natural del país.

Lo dicho no es producto de la exageración. Según el Índice de Percepción de la Corrupción 2020 de Transparencia Internacional, el país obtuvo una calificación de 39 puntos sobre 100[2] -Donde cero es la peor calificación-, y ocupa la posición 92 entre 180 países evaluados.

No todo está perdido; el primer paso para hacerle frente a un problema es aceptarlo, y en este caso la sociedad colombiana pasó de percibir el conflicto armado, como el mayor de sus infortunios; a coronar a la corrupción como la emperatriz de sus problemas, tal y como lo muestran las cifras de arriba.

Pareciese como si lo bello surgiera de lo más tenebroso, y a modo de flor de loto que crece en medio del oscuro pantano; la esperanza de Colombia florece rodeada de dificultades. Aquella esperanza floreciente se encuentra en las nuevas generaciones con sed de cambios e ideas renovadoras para el 2022.

No existiera la hermosura si faltase la fealdad, la belleza depende de cada quien; en pocas palabras, para quienes algo es considerado como agraciado; para otras ese algo pudiese ser repulsivo y desagradable.

Consecuentemente, ¿es bella Colombia?; o más bien, la magia de su encanto disimula la fealdad de sus problemas. En días donde la realidad supera la ficción ¿será verdadero realismo mágico?, ¿será el encanto de película? ¡opinen!

*Ingeniero Civil, estudiante de Derecho.

Twitter: @OscarPrada12

(Esta es una columna de opinión personal y solo encierra el pensamiento del autor)

[1]  Respetando la presunción de inocencia que se merece la mencionada, se usa el termino cuestionable, dado que en ningún momento se le imputa su culpabilidad.

[2] Tomado de Informe Transparencia Internacional: Donde 100 puntos significa ausencia de corrupción y cero puntos, corrupción muy elevada.

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La santidad también es para ti

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Por: María Isabel Ballesteros/ Hablar de santidad puede parecer extraño en medio de un mundo que incita al placer las 24 horas del día, que está inmerso en el materialismo, el culto al ego y en el que acciones como el sacrificio o el autocontrol no son de mayor valor. Un mundo hipersexualizado que ahora va con todas sus artimañas por los de más corta edad y en el que se ha popularizado, a imitación de dogma, que todo lo que uno haga está bien, desde que no le haga daño a los demás.

Bajo este precepto se están formando las nuevas generaciones, sin contar con la confusión que también permanece entre nosotros al creer que santidad es manejar determinada apariencia o incluso parecer tonto, mostrarse religioso o practicar ciertas costumbres y ritos que finalmente no operan mayores cambios en la consciencia, que son los que necesitamos para crecer como seres humanos y espirituales.

Ser santo significa sencillamente ser obediente a Dios, por lo cual es equivocado creer que para alcanzarlo debemos ejercer algún tipo de obispado, sacerdocio o dedicar todo el tiempo a la oración y no es así, pues cualquiera de nosotros está llamado a la santidad, viviendo en amor y siendo testimonio de la obra de Cristo en nosotros.

¿Eres trabajador?… se santo cumpliendo con responsabilidad, honradez y compromiso en tu trabajo; ¿eres hijo? se santo honrando a tu padre y a tu madre; ¿eres padre? se santo enseñando a tus hijos con ternura y a través del ejemplo; ¿eres casado? se santo amando, respetando y cuidando a tu esposa o esposo; ¿tienes cargo de autoridad? se santo renunciando a tus intereses personales y luchando por el bien común.

Es contradictorio que a pesar de hacernos “grandes” como especie, con todos los avances en ciencia y tecnología, hayamos ido menguando en dignidad y las acciones o palabras que antes censurábamos o permanecían ocultas, porque no eran bien vistas o causaban vergüenza, ahora son motivo de orgullo y de una publicidad excesiva que busca normalizar lo que siempre ha sido malo, para hoy hacerlo ver bueno.

Y si reaccionamos ante esta nueva dictadura cultural no podemos esperar más que una desbandada de burlas o calificativos como “mojigato, moralista, santurrón, pacato” etc, etc, etc, los cuales son réplicas caprichosas, sin mayor argumentación, que surgen desde la visceralidad de seres con altas carencias espirituales y que quieren parecer el común denominador.

La santidad también es una actitud y manifestación del carácter, que da como fruto el dominio propio sobre las pasiones o debilidades, las cuales siempre quieren gobernarnos por nuestra “naturaleza caída”. El poder sobrenatural que nos concede el Espíritu Santo es el que nos conduce a la verdadera libertad al no ser más esclavos o dependientes de cualquier vicio o deseo desordenado.

En cuanto a esto, las escrituras dicen claramente que Dios es un Dios de orden, que nuestros cuerpos son su templo y que todo nos es lícito, pero no todo nos conviene por lo cual el problema de fondo está en que vivimos transgrediendo permanentemente la ley divina, relativizando todos los principios y valores, a nuestro acomodo, y por ende sacando a Dios de nuestra vida.

Esa rebeldía de no permitir ser dirigidos y usados por Dios nos hace ignorantes, pues no podemos saber más que el creador de todo lo que existe, sin embargo, nos hemos hecho “sabios en nuestra propia opinión” y estamos tan obnubilados por nuestros logros humanos, que creemos que las modernas formas de vida nos hacen más libres, cuando en la realidad solo nos dejan mayor dolor, desasosiego, vacío y desencanto hasta minar nuestra sensibilidad y dejarnos completamente desarraigados o rotos.

Dios es santo y por lo tanto exige santidad a sus hijos y nos recuerda que en esta tierra tan solo somos administradores y peregrinos, pues todo es prestado incluyendo nuestra vida como creyentes, la cual el sabio Salomón comparó bellamente con la luz de la aurora que “va de aumento en aumento hasta que el día es perfecto”. Permítete ser esa luz que brille en la oscuridad.

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(Esta es una columna de opinión personal y solo encierra el pensamiento del autor).

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