Especial/ Omaira y negligencia estatal: 35 años de la avalancha de Armero

0
«Omaira Sánchez conmovió al mundo porque en aquella trampa que se convertiría en su tumba, demostró una excepcional generosidad, valentía y entereza. «Váyanse a descansar y después me sacan a mí», llegó a decirles a los voluntarios y socorrista»

Desde meses antes, sino años, los habitantes de Armero —una próspera población rural en el norte del Tolima, Colombia— se reían cuando les decían que su pueblo podía sufrir una tragedia por una erupción del volcán Nevado del Ruiz.

Carlos Echeverry recuerda que el día de la peor catástrofe natural de Colombia jugó como muchos otros con la ceniza que empezó a caer a las 4:00 de la tarde y vio, más con diversión que espanto, cómo caían rocas más grandes que el granizo.

Ya habían oído de las autoridades locales y departamentales que había un inminente peligro por la actividad del Nevado del Ruiz, una montaña de 5.321 metros de altitud al occidente del pueblo algodonero. A pesar de los avisos de una avalancha, la gente se mantuvo incrédula, y pensó que —acaso— podría haber inundaciones por la crecida del cauce del río Lagunilla, en cuyo valle estaba el pueblo. “La gente lo tomó en broma”, recuerda Carlos, que tenía 12 años aquel 13 de noviembre de 1985.

Después de una tarde de lluvia y ceniza y de la caída de piedras en la noche, Carlos, como la mayoría de armeritas, se acostó a dormir. A las 3:00 de la tarde había ocurrido la primera erupción, pero nadie se imaginó lo que venía.

Carlos dice que esa noche, cuando se fue la electricidad en el pueblo, su madre y hermanos salieron a la calle a ver qué sucedía, y lo despertaron. Tras la erupción de gases calientes del cráter Arenas, a las 9 de la noche había empezado la avalancha por el desprendimiento de un glaciar del Nevado.

Dos horas después, cuando algunos —como su padre y un tío— se dirigían al río Lagunilla para ver si había inundación, la avalancha llegaba al pueblo. En medio de la oscuridad, Carlos, su madre y sus hermanos escucharon un fuerte estruendo, «como la turbina de un avión». Alarmados, alertaron a los vecinos mientras la gente en el pueblo ya sucumbía al pánico. Luego, vieron el momento en que el edificio del correo municipal «se partía en dos».

Empezaron a correr sin saber a dónde, en medio de los gritos, del caos y de la avalancha que devoraba todo a su paso. Alcanzaron a llegar al terreno del cementerio, sin mayores heridas. Otros, como una señora que iba corriendo tomada de la mano con un hermano de Carlos, no tuvieron la misma suerte. La avalancha se llevó a esa mujer y el joven no tuvo otra opción que soltarla para no ser engullido por el lodo.

La avalancha bajó por la montaña arrastrando todo lo que encontró a su paso a más de 40 kilómetros por hora en el cauce del río Lagunilla, y destrozó el pueblo.

Al amanecer, aferrados a árboles y a sus oraciones, Carlos y su familia observaron por primera vez la imagen que nunca se les olvidará: la desolación de un pueblo desaparecido. «Es como si hubiera pasado encima una máquina de asfalto», recuerda.

Mientras amanecía, vieron también cómo se acercaban otros sobrevivientes entre los escombros, cubiertos en barro, algunos malheridos, incluso mutilados.

«Nunca se me podrá olvidar: la primera persona que vi muerta estaba sin brazos y sin piernas, solamente el tronco y la cabeza. Fue aterrador», cuenta.

Para salvarse y salir de ese pueblo convertido en un lodazal mortal, tuvieron que caminar sobre tejas, muros, árboles y cuerpos: cadáveres de gente petrificada, desmembrada. «Caminé encima de tres hermanitos, el mayor —de mi edad— tenía a los otros dos agarraditos de la mano, muertos».

Algunos, como Silvia Milena Mendoza, que quedaron atrapados entre el barro tras perder el conocimiento, fueron rescatados por las autoridades que llegaron a atender la emergencia la mañana siguiente. Tras la avalancha, Silvia Milena despertó, herida entre el lodo. Ella tuvo la fortuna de ser evacuada en helicóptero.

Omaira, el símbolo

El mundo entero recuerda el caso de Omaira Sánchez, la niña que, atrapada entre los escombros, murió después de 60 horas de espera mientras los esfuerzos para sacarla fracasaban. Pero como ella había más: los desafortunados que fueron amarrados con cadenas y jalados por grúas. «Si salían completos, bien, y si no los botaban, y seguían”, recuerda Carlos.

Omaira, esa niña ojerosa y asida a un trozo de madera en medio de un lodazal, sigue siendo la imagen de una de las peores tragedias que ha conmocionado hasta el tuétano a los latinoamericanos: la erupción volcánica que arrasó el pueblo de Armero.

«Madre, si me escuchas, quiero que reces por mí para que todo salga bien», dijo la niña mientras las cámaras de televisión enviaban su imagen a todo el planeta. Treinta y cinco años después se siguen espantando por el hecho de que la televisión y sus satélites, la televisión y sus reporteros, la televisión y sus ejecutivos acompañaron a Omaira durante tres días hasta que su cuerpo se deshizo.

Para muchos, cuesta encajar todavía hoy, por qué jamás llegó la motobomba que podría haber succionado el fango en que estaba sumergida la niña. Y jamás llegaron los paramédicos que podían haberle salvado amputándole las piernas.

La tragedia de Armero es 35 años después la tragedia de quienes todavía hoy buscan a sus seres queridos. Y es también la tragedia de quienes desde el Gobierno no supieron cómo enfrentar algo tan horrible y de los que en el pueblo de Armero ignoraron esa persistente lluvia de cenizas que presagiaba el infierno.

¿Hubo negligencia?

Las inquietudes sobre la supuesta negligencia de las autoridades locales frente a la amenaza del volcán llevaron a una fuerte controversia. El alcalde de Armero, Ramón Rodríguez, y varios oficiales locales intentaron en vano llamar la atención del gobierno colombiano sobre el peligro que representaba el volcán. Durante meses, Rodríguez hizo llamados a diversas autoridades, incluyendo a varios congresistas y al entonces gobernador del Tolima, Eduardo Alzate García.

Rodríguez llamó al volcán una «bomba de tiempo» y les dijo a los reporteros que él creía que una erupción rompería una presa natural ubicada río arriba, lo cual llevaría a una inundación. Pese a su insistencia, solo dos congresistas, Hernando Arango Monedero y Guillermo Alfonso Jaramillo, le prestaron interés a la situación, llevando a cabo debates sobre el tema en el Congreso y advirtiendo al gobierno sobre la posibilidad de una tragedia, posibilidad que fue también señalada por Ingeominas. ​

Reportes de los ministerios de minas, defensa y obras públicas, «afirmaban que el gobierno estaba al tanto del riesgo del volcán y que estaba actuando para proteger a la población».

La falta de responsabilidad por el desastre llevó a varios legisladores a pedir la renuncia del gobernador del Tolima, quién en días previos al desastre se había negado tanto a asistir a las reuniones del comité departamental de emergencia como a hablar con Rodríguez, y quien tras la tragedia afirmó que había ordenado la evacuación de Armero y el aprovisionamiento de varios hospitales del departamento para poder atender cualquier emergencia, afirmaciones desmentidas por la Cruz Roja y la Defensa Civil.

 En los medios de comunicación también se debatía acaloradamente sobre el tema. Una de las acusaciones más agresivas provino de un funeral masivo llevado a cabo en Ibagué, en donde se afirmaba en varias pancartas que «el volcán no mató a 22.000 personas. El gobierno las mató».