La enfermedad Covid-19, ahora es una sindemia

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Por: Holger Díaz Hernández/ “No es una pandemia, es una sindemia”: Richard Horton, Editor de “The Lancet”.

Según esta prestigiosa revista médica, la Covid-19 ya no es una pandemia ahora es una sindemia. Este es un término médico que une las palabras “sinergia” y “epidemia” para denotar que las enfermedades no vienen solas; a esta convergencia de patologías se le denomina sindemia.

Todo ha sido la sumatoria de hechos desafortunados: Un virus qué pasó de los animales a los humanos por la depredación que este le ha ocasionado al ecosistema, que unidos a factores sociales como la pobreza, la desigualdad, el hacinamiento y la insalubridad en que viven miles de millones de habitantes alrededor del mundo y que ha afectado mucho más a los adultos mayores y a los más desprotegidos socialmente.

El factor de riesgo más importante de padecer las formas graves de la enfermedad después de la edad, es ser pobre; a mayor pobreza más posibilidades de terminar en una UCI y morir, por lo tanto, en el fondo la Covid-19 es un problema de clases sociales, de estatus socioeconómico, que evidentemente los gobiernos han buscado minimizar. Es a los mayores y a los más pobres que viven en los cinturones de miseria a los que peor les ha ido con este virus.

Las personas con ingresos más bajos se alimentan mal, no suelen realizar ejercicio, tienen índices de escolaridad más bajos por lo tanto menor propensión a guardar el aislamiento social y a usar adecuadamente el tapabocas, lo que los hace más susceptibles de padecer enfermedades infectocontagiosas.

Sumado a que los pobres tienen menos probabilidad de aislarse porque tienen la obligación o necesidad de salir a ganarse el sustento diario y viajar hacinados en el transporte público, sobretodo en países tercermundistas como el nuestro donde más del 60% de la economía es informal.

Es el gran coctel para convertir esta epidemia en una sindemia que llegó para quedarse por mucho tiempo, más del que nos hemos imaginado.

En diez meses este virus no solo ha infectado a 40 millones de personas y matado a más de 1,11 millones si no que como nunca antes en la historia de la humanidad, una enfermedad había paralizado al mundo entero produciendo una crisis social y económica que tiende a profundizarse aún mucho más; ante la perspectiva incierta de una vacuna que cada vez se ve más lejos y que genera más dudas que certidumbres en cuanto a que sea segura y accesible para todas las personas, además la esperanza de la inmunidad del rebaño está descartada como una solución a mediano plazo para controlar el virus.

Pero si solo nos centramos en estas o en los tratamientos propuestos por muchos grupos de investigación, que hasta ahora tampoco han mostrado resultados contundentes en lograr detener la propagación del virus o en controlar efectivamente los síntomas que agravan la enfermedad, no estamos solucionando nada.

Se requiere trabajar denodadamente en la búsqueda de la equidad, en el acceso a una buena atención en salud y en atacar los factores sociales agregados como son disminuir los índices de pobreza del mundo, mejorar la calidad de los alimentos que se consumen, tener una vivienda digna, empleo y educación que son transversales y determinantes en las condiciones de salud de las personas y que las hacen más vulnerables a todo tipo de patologías.

Con excepción de China que ha continuado realizando un control estricto sobre su población, en países como España, Italia, Inglaterra y Francia, para sólo mencionar unos pocos, el número de nuevos casos se cuentan por decenas de miles y a pesar de que en la medida que ha venido avanzando la enfermedad la mortalidad claramente ha disminuido, el drama humano de los contagiados y de sus familias sigue siendo desesperante.

Estos rebrotes que en algunos sitios han tenido más afectados que en marzo o abril pasados llevaron a tomar nuevamente medidas coercitivas por parte de los gobiernos, con confinamientos incluso generales.

La OMS advierte de los grandes riesgos de no tomar con la debida seriedad el manejo de estos rebrotes, olas o picos de la enfermedad.

En Colombia hemos bajado la guardia ante la disminución de los contagios y del número de muertes en los últimos días, vemos los vuelos aéreos con lleno completo y sin medidas ciertas de distanciamiento, los bares se abrieron y en “Cuadra Play” la gran mayoría de los concurrentes sin tapabocas como si no pasara nada.

Faltan todavía millones de contagiados y cientos de miles de muertes antes de que la Covid-19 sea sólo un recuerdo negativo en la historia de la medicina, pero ya están apareciendo nuevas infecciones virales, la OMS acaba de advertir que la gripa porcina contagia a los humanos y que podría ser la próxima pandemia, en Corea del Sur se encontró una cepa de SARS-CoV 2 mucho más agresiva, hay rebrotes de peste negra en  Mongolia y vendrán muchas más infecciones por otros coronavirus si no dejamos de afectar los bosques, las selvas vírgenes y de consumir animales silvestres.

Necesitamos ciudades menos contaminadas, preservar más la naturaleza, tener energías limpias que no afecten el aire que respiramos, para lograr tener mayor bienestar y menos enfermedad.

Desde mi percepción como médico, antes de un par de años no habrá una vacuna que cumpla con todos los requisitos de efectividad contra el virus, segura para los pacientes y disponible masivamente, garantizando que volvamos a compartir en familia y con los amigos sin el peligro de enfermar o morir, por la más cruenta enfermedad a la cual nos hayamos enfrentado, dadas las implicaciones sanitarias, sociales, económicas, medioambientales y de salud mental que han afectado a los más de 7.700 millones de personas que poblamos la tierra.

“No llores, no te indignes. Comprende”: Spinoza.

*Médico cirujano y Magister en Administración.