¿Democracia en peligro? (Parte 2)

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Por: Hernando Ardila González/ Decíamos que el propósito será hacer una breve y particular disertación del cómo la democracia, en su más profunda intención, es un proyecto de vida, la estrategia más eficaz para proporcionar al hombre su fin que no puede ser otro que la felicidad, cuyo componente para su logro es el bienestar individual y colectivo.

Dejamos al final del artículo anterior, que de la mano de Juan Jacobo Rosseau y Antonio García, este muy nuestro, nos llevarán en medio de la mar agitada de las ideas, al propósito final del presente artículo entregado ahora en su segunda parte.

El Maestro Antonio García, precisa en su ensayo sobre Dialéctica de la Democracia, que esta como sistema de vida, no es sólo la: “… ordenación del Estado, de la actividad política, de la economía, de la cultura, sino de todo eso, porque afecta directamente las condiciones de existencia de la sociedad y el hombre...”

De ahí que pasamos a creer que la democracia no es tal o cual alternativa política, que no es creación de genio alguno y menos aún, patrimonio de hombres en particular o de un reducido círculo de ellos, lo hemos dicho, prestando la expresión del extinto maestro García, creemos que la democracia es un sistema de vida, la estrategia hacia la felicidad, es de todos y para todos, ella es así no más, simple, silvestre y potable.

Si partimos de la etimología, demos: Pueblo; cratos: Gobierno y retomamos una de sus definiciones mejor elaboradas, “…democracia es el gobierno del pueblo y para el pueblo…”, en el dicho de Benjamín Franklin, hemos de aceptar, (agregándole la participación del pueblo), que la democracia sólo pertenece al pueblo en su conjunto, porque éste es su único destinatario.

De tal suerte entonces, que ninguna fracción puede titulársela; son discutibles, por cierto, las nociones de “Democracia Capitalista” como si el modelo económico para que fuera democrático debiera ajustarse a la doctrina del capital o de su antípoda, la democracia es neutral a la postura ideológica clasista, es en realidad universal, es como el agua misma, dispuesta a ser ingerida por el cuerpo social para su provecho.

El agua es siempre agua, distinto es que se ofrezca con aditivos (colorantes o saborizantes) o con diversidad de empaques, pero en esencia es agua con un fin único, hidratar para sustentar la vida.

Claro que se le puede envenenar y entonces lo obvio es que se ha de combatir a quien la ofrece en tales condiciones y a toda costa ha de evitarse su consumo, o se puede comercializar en provecho económico de quienes la “producen”, también lo obvio, es combatir a quienes pretenden desconocer su condición soberana.

Esa es la democracia, insistimos, en esencia como el agua, distinto es que se le se haya enrarecido con partículas rotulantes, los ismos, que son ofertas que al final solo se quedan en simples fórmulas mágicas para sedar la vida, proponiendo engañifas para pasar de estados deplorables a otros menos tormentosos, sea decir ofreciendo programas para sobrevivir.

Dicho entonces que hombre y democracia son nuestro discurso, antes de entrar en esta personal disertación, que se despoja de toda vana pretensión del análisis político-económico o histórico-filosófico, es de advertir que sólo intentamos, con riesgo de simplista aspiración, sentar unos pareceres sobre los temas por los cuales navegaremos y que, sin más, son aquí nuestro objetivo: naturaleza del hombre, razón de su ser, medios para materializar su razón de ser y estrategias para alcanzar el ser.

Así y como corresponde, nos conformaremos con renglones prosaicos a entonar en esta serie de artículos con destino a algún corazón dispuesto a convocar al humano colectivo, a pensar en serio sobre sus posibilidades en el más allá, esto es, en sus descendientes, partiendo del más acá, esto es sus coetáneos y él mismo.

Comenzaremos por definirqué es el hombre, para qué vive y cómo puede lograrlo:

¿Qué es el hombre? Respondamos que al margen de si es creación o evolución, creación evolucionada, cobaya de extraterrestres, pecado errante o lo que fuere, el hombre es una unidad sicosomática o, más sencillo aún, cuerpo y alma en perpetua integración e interacción. Sin más, el hombre es materia y energía.

¿Para qué vive el hombre? Sin pretender aventurarnos se puede decir queel hombre vive para ser feliz y la felicidad solo es posible con el perfecto equilibrio entre los elementos que constituyen la naturaleza humana.

Con propósito ilustrativo, permítasenos formular un “experimento” en procura de sustentar la hipótesis: Tomemos un mendigo, paria, indigente o desechable según su más reciente adjetivo descalificativo. Acicalémosle, alimentémosle, brindémosle el abrigo de un refugio, démosle una labor productiva, posibilitemos su sano esparcimiento, otorguémosle capacitación, confianza en su capacidad y conducta, libertad para crear y proponer, en fin, démosle una oportunidad.

Proporcionando esos medios, si se logra que el rostro se armonice con el resplandor de una sonrisa sostenida, si se obtiene una voz alegre, una mirada panorámica, un cuerpo ágil, sangre caliente y corazón galopante disponiendo de buen ánimo, entonces mezclemos, agitemos y observemos… ¡todo lo que emana de esa ya no miseria humana, es felicidad!

Distinto es que la armonía entre el cuerpo y el alma se rompa con sus lógicas consecuencias. Veamos cómo y por qué.

Muchos hombres, (entendido en su connotación general, hombres, mujeres, niños, niñas), sin duda los más, no tienen acceso a la condición sin la cual no es posible el equilibrio postulado; tal condición es el bienestar, conformado por los medios materiales, culturales y políticos, (alimento, salud, vivienda, servicios, empleo, recreación, participación), en condiciones necesarias para mantener un cuerpo sano depositario de una mente sana.

Consecuencia de lo anterior, si faltare al menos uno de ellos, el rostro languidece por ausencia de sonrisa, la voz se opaca, la mirada se fija, el cuerpo adormece, la sangre se hiela, el corazón a duras penas camina, el ánimo se indispone, el cuerpo se enferma, el alma se apaga, emana entonces, de esa miseria humana… Infelicidad.

En resumidas cuentas, si nos planteamos qué hacer para que el hombre sea feliz, es forzoso concluir, otorguémosle bienestar.

Claro, habrá quien desde la institucionalidad digan que somos un pueblo mantenido, o que todo lo queremos gratis, o que “trabajen vagos” o quizás repare que si es que acaso el bienestar es ajeno a los hombres, siendo que el estado lo proporciona; entonces, con alta dosis de curiosidad para buscar, encontraremos respuestas contundentes en las tasas de mortalidad infantil, en las de desnutrición, en las de destechados y analfabetas, en las de desempleo, desplazamientos, en las altas tasas de insolvencia absoluta y de colapsos del corazón.

Bueno, es posible que surjan explicaciones y excusas para justificar la causa del malestar general:el destino es la más usual; la mala suerte, la más mediocre; el castigo de dios, la más sedante; la opresión, la más picante; la ausencia de estado, juzgará usted. (Continuará)

*Abogado Penalista, postulado a Maestría en Derecho Constitucional. Presidente Colegio Nacional de Abogados de Colombia Conalbos Santander y Vicepresidente Nacional.

Twitter: @HernandoArdila6