Una experiencia de vida

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Por: Carlos Roberto Ávila Aguilar/ Todos los días escuchamos miles de noticias: buenas, malas y regulares; las redes sociales muestran al instante lo que pasa en el mundo, las mayores tendencias son los diferentes temas frente al Covid, la apertura de la economía, los enfrentamientos, ataques o posiciones ideológicas o políticas de unos y otros actores.  

En esta oportunidad no me voy a referir a temas nacionales, ni internacionales, ni de política, ni economía, compartiré con ustedes mis lectores algo distinto a lo que todos los días escuchan o leen, les voy a contar una gran experiencia de vida, un momento íntimo y mágico, el mejor de todos los tiempos, el momento más importante de mi vida y por supuesto el de mi adorada esposa, el más increíble y deseado, el nacimiento de nuestro amado hijo.

Antes del nacimiento, en el año 2008, cuando decidimos casarnos en la iglesia principal de Floridablanca, San Juan Nepomuceno, sabíamos que uno de nuestros sueños era tener familia e iniciamos todos los preparativos, desde salir de luna de miel, disfrutar, soñar y encargar bebe, hasta organizar su llegada, en ese momento toda fue una aventura, un desafío, una organización milimétrica y amorosa.  

Nos dedicamos a pintar el cuarto del niño, citas en el medico, ejercicios para el parto, alistamos la maleta para la clínica con buen tiempo, salíamos a caminar, recuerdo que estaba estudiando una especialización y ambos trabajábamos, aunque siempre teníamos tiempo para consentir el vientre donde crecía nuestro bebe.

Realmente fueron 9 meses maravillosos, de emociones, ansiedades, preocupaciones, alegrías y de esperar noticias.    

Reconozco en mi esposa su gran fortaleza, amor, tenacidad, valentía, compromiso por la vida y su fuerza, esa capacidad de aguante, es la naturaleza pura de la madre.

La noche del 25 de noviembre de 2009, sin saber que al día siguiente nacería nuestro hijo, después de nuestra conversación nocturna, decidimos descansar, les confieso que no podíamos dormir, mi hijo ya quería llegar al mundo, mi esposa no sentía dolores pero algo me decía que ya era hora, sobre la media noche me afane y le dije a mi esposa que nos fuéramos para la clínica, efectivamente nos atendieron y nos devolvieron, que retornáramos sobre las 6 a.m., hicimos caso, nos fuimos para la casa, descansamos lo que pudimos y regresamos.

Nos recibieron por urgencias de la Clínica Ardilla Lulle de Floridablanca, les confieso que parecía que yo fuera el embarazado, estaba más nervioso que mi esposa, mientras que a ella la alistaban para el procedimiento, yo estuve realizando las vueltas del papeleo, cuando regresé, nos informaron que pasara a la sala de parto, ella sentada en la silla de rueda y yo la impulsaba emocionado con toda la intención de ingresar, pero la médica en la puerta me dijo: “usted está muy ansioso y nervioso, se me queda afuera en sala de espera, todo estará bien”; eran las 8 am.

Recuerdo que fue una larga espera, más de 7 horas, sin moverme del centro clínico, me caminé cada centímetro del lugar, cada 5 minutos le preguntaba al que pasaba con traje de médico o enfermero, ¿qué pasó, como va mi esposa, ya nació mi hijo?, algo hiperactivo estuve, tanto será que me pusieron hacer varios trámites administrativos y los hice con gran juicio, en esas vueltas me encontré varios familiares y amigos, a todos les contaba con mi sonrisa que estaba naciendo mi hijo, sentía ese gran orgullo de padre, el mismo que siento hoy y sentiré siempre.

El 26 de noviembre de 2009, siendo las 3:30 p.m., nació en Floridablanca nuestro hijo Carlos Fernando, me llamaron que entrara a la sala y me lo entregaron en mis brazos recién nacido, hermoso, pequeño, inocente y con poco cabello, momento de alegría, felicidad absoluta, sentí el amor puro e incondicional y para siempre, el mejor momento de todos los tiempos, abrace a mi esposa con tanto amor y gratitud que juntos le agradecimos a Dios por el milagro de la Vida.

Escribo recordando esta maravillosa experiencia de vida para que por siempre quede plasmado en el corazón de mi descendencia, de mi hijo, nietos y los hijos de sus hijos, lo que no se escribe o no se cuenta se olvida con el paso del tiempo.     Mi hijo pronto cumplirá sus 11 años, más adelante leerá este escrito con calma, nadie sabe cuánto nos dure la memoria o el tiempo en la tierra, es mejor decirlo, contarlo o escribirlo en vida; se lo he dicho muchas veces, hoy lo cuento y le escribo diciendo: “hijo te amo, me haces sentir feliz y muy orgulloso de ser tu padre”.

Ahora creo prudente hacer la siguiente reflexión: Padres amen a sus hijos, hijos amen a sus padres; juntos construimos familia, nadie debe olvidar sus buenas experiencias de vida, ellas nos transforman para bien y nos hacen felices.   Recordemos siempre los bellos momentos, a pesar que el nacimiento o la crianza de todas las personas es diferente, siempre existirán en sus vidas agradables experiencias.  Debemos encontrar el camino para estar unidos, perdonar y fortalecer nuestros lasos, el mundo hoy necesita familias felices y fuertes.

Quienes vivimos en esta época de reflexión y estamos en nuestras plenas capacidades, nos corresponde entregarle más al mundo, a nuestro país, debemos seguir trabajando por la gente y proteger nuestro planeta, cuidarlo, aportar a la construcción de una mejor sociedad, formar buenos hijos y seres humanos, disfrutar siempre cada momento en familia, con buenos amigos y conocidos, orar y estar en paz.   Mientras que exista vida, vivamos, después no hay vuelta atrás.

*Abogado Especialista en Derecho Público, Contratación Estatal y Derecho Penal y Magister en Derecho del Estado.

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