¿Quién soy?

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Por: Andrés Martínez Olave/ “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!”: 2 corintios 5:17 NVI.

El pasado 26 de junio de este año 2020 en la columna “Identidad” les hablaba sobre este tema relevante que en ocasiones lo dejamos pasar, pero que hoy en día se hace importante, ya que nos permite conocer más de nosotros. El mundo moderno nos lleva por caminos que buscan complacer a la sociedad, creyendo que así se encuentra la felicidad y el bienestar deseado.

De igual forma, ese mundo que nos llena de inseguridad, desconfianza y que en ocasiones personas afirman algo que desconocen de una persona, por el simple hecho de desprestigiar o quedar bien ante las personas. En continuidad con la identidad, nuestra columna cita tres aspectos relevantes en la vida del ser humano.

El primero, la personalidad ya que es un constructo psicológico, que se refiere a un conjunto dinámico de características psíquicas de una persona, a la organización interior que determina que los individuos actúen de manera diferente ante una determinada circunstancia, y esto va de la mano con el carácter.

Todos deseamos tener una personalidad atrayente. A menudo nos preguntamos: ¿por qué soy así? Tanto la persona introvertida como la extrovertida tiene cosas que superar. Cuando contemplamos a Jesús en su pureza nos damos cuenta que estamos llenos de defectos, pero: ¿Es posible ser diferentes? ¿Es posible cambiar el carácter? Nuestra ansiedad, nuestros pensamientos, sentimientos y acciones malas deforman nuestro rostro.

La Biblia dice que somos piedras vivas en la casa de Dios. Podemos imaginar a alguien que toma una piedra sucia, al lavarla por primera vez, quitara mucha inmundicia, pero si tuviera manchas de grasa necesitara lavarla nuevamente para ver la piedra tal cual es. Entonces podremos modificar su forma trabajando directamente sobre la piedra. Esto ilustra la forma en que el Señor trata con nosotros. En nuestra conversión los pecados visibles desaparecen.

Dios ha realizado la primera limpieza, pero luego habrá una acción más profunda que incidirá sobre nuestro ser. Dios estará trabajando sobre nosotros allí donde haya conflictos espirituales debido a nuestra forma de ser y su mano estará presente.

Cuando el hombre salió de las manos del Creador, era el sello de la perfección moral y espiritual. Todo en él era perfecto, sus movimientos, su mirada, su porte, su personalidad y su carácter. Su voz era dulce y armoniosa. Sus sentimientos, pensamientos y emociones, eran semejantes a Dios.

El pecado trastornó la felicidad original del hombre (Génesis 3: 17,18). A partir de ese momento se produjeron espinas y cardos, pero no solamente en la tierra sino también en el corazón del hombre. Se produjeron las plantas venenosas del mal: orgullo, envidia, celos, rebelión, codicia, desobediencia, etc.

La personalidad del hombre quedó deformada, su carácter se corrompió. “Por esto se alejó de nosotros la justicia, y no nos alcanzó la rectitud… esperamos justicia, y no la hay; salvación y se alejó de nosotros. Porque nuestras rebeliones se han multiplicado delante de ti, y nuestros pecados han atestiguado contra nosotros; porque con nosotros están nuestras iniquidades, y conocemos nuestros pecados”: Isaías 59:9-12.

La belleza de la creación de Dios se expresa en la diversidad. Esto es también verdad de nuestras personalidades. La personalidad es la suma de las cualidades que nos distinguen como individuos, y que afecta en cómo nos relacionamos con los demás. Todos somos diferentes debido a la composición genética y el condicionamiento cultural. Muchas características se combinan para formar nuestra personalidad. 

Verdad es, por supuesto, que los seres humanos pueden estar sujetos a fuerzas que actúan en el mundo que les rodea. El apóstol Pablo claramente identifica a la mente natural de ser “hostil a Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7, RVC). La mente humana se da al “odio, enemistades, celos, iras, contiendas, ambiciones egocéntricas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas”: Gálatas 5:20–21. Estos problemas proceden del interior y son una carga para los que estamos en el mundo en general. 

Pero que tiene que ver esto con nuestro título inicial ¿Quién, soy? Es sencillo, en ocasiones la personalidad nos lleva a descubrir en realidad quienes somos, de que estamos hechos y porque de un momento a otro cambiamos.

Si vivimos en el mundo seremos personas cambiantes diariamente, pero si vivimos en el camino de Dios, seremos únicos y auténticos, esa autenticidad que nadie conoce. Y no falta aquella persona que diga “es que yo lo conozco” error, porque una cosa es conocer a una persona y otra cosa es distinguir a una persona, el conocer va en los años, en las caídas, en las pruebas que pasa, en su modo y contexto de vida, no en días, semanas o meses.

Por otro lado, la personalidad no se puede desprender del carácter, así que este afecta en cómo nos relacionamos con el mundo y las demás personas. Esto implica saber el bien y el mal junto con el libre albedrio de escoger hacer el bien. La Biblia define que es el bien, la ley moral de Dios; así que, escogiendo el bien de manera consistente (ejercitando un carácter justo) puede y templará nuestra personalidad al transformar la mente, como lo indicó Pablo.

El rey Salomón declaró que el “fin de todo el discurso” (el propósito de la vida) el todo del hombre es “temer a Dios y guardar sus mandamientos”: Eclesiastés 12:13. Para alcanzar este objetivo nuestros pensamientos y acciones naturales tendrán que ser modificados.

Aun podemos transformar nuestra vida, pero eso depende de nosotros en la comunión sincera con Dios.

Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!: 2 corintios 5:17 NVI

¿Quién eres? … Continuará.

*Gestor Social, escritor, conferencista, coaching y estratega.

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