Matarife

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Por: Edgar A. Henao/ Puede que en esta cuarentena asistamos a uno de los fenómenos de medios más   interesantes de los últimos años.

Que una  serie sea promocionada y transmitida  por redes sociales no deja de ser algo apenas novedoso;  pero que su primera emisión supere más 4.5 millones de vistas, o que en un fin de semana arrase en número de suscripciones a medios tradicionales, o que por unos días  sea tendencia en redes sociales por encima de Covid, de Uribe, de Ñeñepolítica o de cualquier tema de la agenda nacional y que el antagonista de la serie enfile baterías para demandar a su autor es, creo yo, significativo.  Matarife la rompió.

Y lo digo como fenómeno viral que llevó a algunos medios a   pontificar sobre lo que es y no es periodismo serio. Porque el debate de fondo sobre las implicaciones de la Libertad de Expresión, la veracidad de contenidos o los juicios estéticos, espero abordarlos en otras columnas. Me centro, entonces, en los rasgos comunes de la serie y en la polvareda que dejó a su paso en los medios tradicionales.

Como campaña de expectativa le pone el pie a cualquier cosa que se haya hecho en Colombia. A punta de redes sociales y un teaser que no ocultaba su intención provocadora, convocó a millones que accedieron a un primer capítulo de escasos seis minutos, desencadenando una avalancha de críticas; las más, quién lo creyera, de intelectuales que la juzgaron antes de verla y que la miraron de reojo para decir que no había cambiado nada después de verla.

¿Qué pieza audiovisual en Colombia ha puesto a debatir a la gente o   asumir partido sin siquiera haberla conocido? Ni   los Pedro Adrián Zuluaga, ni los Simón Ganitsky, ni las Carolina Sanín se guardaron las ganas de dar su veredicto. Impunity, de Holman Morris, o los documentales del Centro de Memoria Histórica, por citar algunos casos, apenas suscitaron debates; obras de buena calidad en formato documental con un presupuesto oficial en algunos casos o con un músculo económico que financió procesos de investigación periodística.

Matarife es todo lo contrario. Desde un principio se vende como serie, y tal categoría le da licencia para incorporar elementos ficcionales, que su autor reconoce y los aplica en su proceso creativo. De hecho, afirma que la productora abrió un casting, en cuyo papel principal fue asignado a Daniel Mendoza, dada que contaba con una mínima formación teatral, según declaró a Semana.

El tiempo de los capítulos también parece obedecer a una finalidad. Que el tamaño de descarga sea razonable y que no demande el uso de muchos datos de celular. No sabemos si la serie distribuida a cuentagotas, por 50 semanas, como se ha dicho en público, contenga la semilla de su destrucción. La tensión prolongada lleva al tedio y es difícil mantenerla cuando se crea una expectativa desmesurada.

Matarife se acerca más a lo que pudiera ser una serie sobre narcos, cantantes o para no ir muy lejos, el del Caso Colmenares, que inspiró a Netflix a sacar su propia serie, pero que no significa que sea un documento que suplante la verdad. Se basa en ella, para dotarla de verosimilitud, pero incorpora arcos narrativos y hechos ficcionales para completar la historia.

Ese es su principal atributo, desdibuja las fronteras entre la realidad y la ficción para abordar un tema que, querámoslo o no, es parte ineludible de la historia reciente de nuestro país. A Uribe se le ha contado de muchas formas: libros, crónicas, tesis universitarias, documentales, una autobiografía y hasta canciones, pero entonces viene un aparecido que lo pinta como villano en una serie echando mano de cosas que son reales como de otras que no lo son.    

Ninguna serie de Pablo Escobar o de la familia Colmenares generaron tantos debates como el de Matarife. Nadie salió a cuestionar que eso no era periodismo, que no era verídico, que faltaba a la verdad, nada. Justamente porque no eran periodismo ni tampoco documental, a los que sí se le exige rigor, pruebas y apego a la verdad.

Caen de su propio peso críticas como las de Juanita León, que lo adjetiva como periodismo militante de izquierda, ubicando a Matarife al lado de El Expediente. El primero es una pieza audiovisual   basada en una mezcla de hechos inventados y reales. El segundo es un portal que, bueno, ustedes ya saben.

Matarife abrió un boquete sobre un tema espinoso con elementos de la televisión y el entretenimiento. La pose de investigador atormentado de Daniel Mendoza que le sigue el rastro a un villano es un recurso clásico y efectivo de las historias de ficción. Decía que ese era el principal atributo. Y no. No solo es la mezcla de realidad y ficción -que está permitido en las artes-, sino que despierte el interés de muchos en  la historia política del país y que ponga a hablar a gente que ni siquiera la ha visto.

*Abogado.

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