Coronavirus: el ego es su enemigo

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Por: Gustavo Herrera Acelas/ La historia de la humanidad ha sido, en parte, la historia de su lucha contra las pandemias, ello se registra desde las guerras del Peloponeso y se constituye en un tema recurrente en la literatura universal a través de relatos magníficos y terribles de sufrimientos masivos y atroces, sus víctimas se han contado por millones en un mundo que tenía muchos menos habitantes que el actual.

Pero la globalización ha transformado la relación entre las personas y su entorno, ahora lo local es global y lo global es local. lo mismo sucede con la pandemia del coronavirus. Hoy tenemos la información al instante y por consiguiente el pánico que nos causa.

De repente un virus aparece de la nada y amenaza a las poblaciones del mundo entero, pone en jaque a los gobiernos y derrumba la economía global. Los viejos se mueren y con ellos se llevan la prosperidad que sembraron y también se llevan otras cuestiones que no son menos importantes. Sus muertes alertaron de tal manera que se paró casi todo, hasta la contaminación ambiental disminuyó el 10% a nivel global sólo con menos aviones en el cielo y menos gente en las calles y fábricas. El virus evidenció que somos un desastre que contamina a cada paso.

Cuando en los 80 se publicaron los primeros casos de SIDA/VIH pocos nos preocupamos porque dijeron que era una enfermedad de negros, drogadictos y homosexuales. Para el 90 el virus ya se había cobrado más de un millón de vidas. Quizás los más jóvenes no lo recuerden, pero la homofobia fue tremenda, casi que nadie quería compartir con un homosexual y la gente se cambiaba de asiento en los restaurantes o se iba de algunos restaurantes. Hubo que esperar hasta 1996 que un coctel de medicamentos frenara las muertes.

El futuro de esta situación es incierto, está en la imaginación singular, pero en la realidad cualquier cosa puede pasar. Si esta lección queda clara, volveremos a contemplar el presente donde es necesario que todos sin excepción retomemos la empatía y la solidaridad en su comunidad, no son solo virtudes admirables, sino que son nuestro pasaporte de sobrevivencia. Solos, cada cual, por su lado, no valemos nada. Sin una sociedad organizada y un Estado responsable solo nos aguarda el abismo.

Este trastorno en nuestra vida cotidiana transitoria nos obliga a revaluar aquellas cosas en las que creíamos eran prioritarias y que realmente no lo eran, nos vemos obligados a observar nuestro esquema mental y cambiarlo.

Nos alejamos por completo de la causa y la consecuencia. Antes éramos básicos y simplistas cazábamos y comíamos lo necesario, había un propósito y un respeto al ser vivo del que íbamos a disponer. Ahora vemos en nuestro plato un gran trozo de carne recientemente cubierto por hielo y plástico sin la más mínima conciencia de toda la cadena de abastecimiento y las implicaciones nefastas para el medio ambiente. 
Este coronavirus es el inicio de una jauría destinada a cazar egos de una civilización que creía lo podía todo, pero que olvidó el sentido de su especie: ser consciente de todo lo que le rodea para mantenerse vivo.

Esta criatura microscópica que nos ha doblegado debe ser el fin de nuestro actual relacionamiento con la naturaleza; es preciso replantearnos como una especie donde cada humano reoriente su comportamiento y lo conduzca hacia la sobrevivencia colectiva de las actuales y siguientes generaciones de humanos, calme su insaciabilidad en infinita crueldad con los animales y finalmente, vuelva a darse la mano con el planeta.

Los poderosos creían que no eran vulnerables porque dominaban la economía global.

Solo por dar un ejemplo, Trump haciendo una barrera para que no pasaron humanos por una línea imaginaria impuesta por ellos que también fueron invasores en el pasado, y que irónico hoy este diminuto ser es desafortunadamente ciudadano del mundo que no conoce barreras ni nacionalidades; ha hecho doblegar al hombre más poderoso del mundo con todo y su ego estratosférico.

Teníamos la conciencia intoxicada por las oscuras expresiones del ego, el cual intentaba acorralar y aniquilar al espíritu.

Cualquier persona con ambición tiene ego. Los artistas, atletas, científicos y empresarios logran sus objetivos al aprovechar su enfoque y deseo de crear de descubrir y sentirse aclamados. El ego es necesario para salir adelante, no obstante, si se lleva al extremo tiene el efecto opuesto y bloquea su desarrollo.

Hoy evidenciamos que nuestra existencia es muy insignificante, el planeta Tierra al que llamamos hogar, es un préstamo que hoy después de muchos años respira más que nunca. Quizás no seamos tan importantes como pensábamos hoy es más importante e imprescindible el recolector de basuras o el mensajero de la droguería que el que tiene doctorados y maestrías, la estructura piramidal de clases se volteó, El periódico más importante del país más capitalista del mundo “The Washington Post” anunció esta semana que el capitalismo salvaje y el consumismo son los culpables de esta realidad que estamos viviendo.

Esta pandemia es un llamado a la conciencia de los seres humanos, a todas aquellas almas que se han deshumanizado y que se han vuelto peor que la cabeza de Medusa.

Todos debemos detener nuestra vida y pausar nuestra existencia, volver los ojos a Dios cualquier concepción que se tenga del arquitecto del mundo, él es quien nos está hablando en nuestro silencio interior, diciéndonos lo que le dijo su hijo hace más de 2000 años: “por qué me has abandonado”.

Si nuestro creador levantara el techo de cada casa y viera cómo estamos viviendo, ¿qué cree que le diría? Es tiempo de soltar de desapegarnos de atesorar solo aquello que realmente da sentido a nuestra vida.

Es tiempo de escanear el alma y revisar qué es lo que más valor tiene para nosotros durante el paso temporal por esta tierra. Elevar la conciencia es la única tarea espiritual que todos debemos realizar en estos tiempos, para despertar de este modo artificial en el que estamos viviendo. 

No teníamos tiempo de abrazar, de amar, de disfrutar una cena conectándonos con otra alma, hoy nos sobra tiempo.

Estábamos en medio de una pandemia espiritual, un virus mortal que estaba carcomiendo las fibras sagradas del alma humana.

Por eso la mejor vacuna contra el ego en tiempos de vulnerabilidad e inseguridad extrema es inclinar nuestra cabeza con humildad ante Dios y ante el prójimo; al vecino o al mendigo que por arrogancia no saludábamos.

Hoy estamos todos en cuarentena espiritual obligatoria; ojalá después que la marea baje sea voluntaria. Ahora en épocas de cuaresma sería nuestra mejor sanación y restauración interior.

Despertar nuestra conciencia adormecida y comenzar a recuperar la cordura emocional y la inteligencia espiritual para dejar atrás la tóxica inteligencia artificial sería la mejor manera de enfrentar esta amenaza mundial.

Frente a este descalabro, del cual saldremos bastante magullados ¿dónde quedará la arrogancia del individualismo moderno? Del hombre lobo contra el hombre (Homo homini lupus) que sería popularizada por el filósofo inglés del siglo XVIII Thomas Hobbes en su obra El Leviatán (1651).

Italia y España son países muy ricos nuestra madre patria, de larga prosperidad histórica, de una belleza extravagante, tienen un encanto y una elegancia que aturden. En estos países ya los muertos no caben en el cementerio y se cuentan por millar diariamente. El virus no distingue pobreza de riqueza, sexo, raza e ideología política. Hasta la monarquía invasora inglesa no se escapó de sus garras.

Lo cierto es que estamos atravesando una gran prueba de humildad colectiva a nuestro ego tan inflado, que parecía haber olvidado lo básico y lo simple para vivir en total plenitud con la pacha mama como castizamente lo dirían nuestros sabios indígenas latinoamericanos. 

*Analista y líder social

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