Una tormenta inesperada

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Por: César Mauricio Olaya Corzo/ Como una serie de sentimientos, percepciones y en general, un estado de armonía y seguridad similar a la que seguramente debe sentir el equilibrista que atraviesa la cuerda floja; resumo la percepción vivida mientras escuchaba las palabras del Papa Francisco, durante la proclamación del Urbi et Orbi, oración de tradición cristiana en la que el Sumo Pontífice de los católicos del mundo entero, brinda su bendición a los países del mundo y a Roma como la ciudad que alberga la sede principal de los seguidores del mensaje de Cristo.

Debo decir en primer lugar que no soy cristiano practicante, que tengo grandes reparos con relación al establecimiento Iglesia; pero que igualmente tengo en mi alma, mente y corazón, una fe grande, fuerte y afianzada en la certeza de la existencia de un Dios o una energía mayor que como lo dice la voz popular, mueve montañas.  

Volviendo a la significancia del acto clerical del Papa Francisco, orando frente a un público virtual, en una inmensa plaza vacía que a esa hora se salpicaba de miles de gotas de una lluvia de esas que García Márquez comparaba con los diluvios que propiciaban todos los monólogos y yendo más allá de las palabras de bendición e indulgencia; sentidas y expresadas con profundo amor y correspondencia con los millones de fieles y no fieles que expectantes le seguíamos y vivíamos ese acto profundo, íntimo, personal para cada quien, dándole sentido. a un mensaje cargado de significantes, que es precisamente en donde me quiero detener.

Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido (…) Nos encontramos asustados y perdidos”.

Una oscuridad que no es física. Es la oscuridad en la que se encuentra nuestra mente y nuestro espíritu, carentes de valores, de sentido de correspondencia por la suerte ajena, vestida de oropeles, pero vergonzantemente desnuda ante la condición de las otras personas con quien se comparte una geografía terrenal igualmente ajada y golpeada.

Hemos solo estado preocupados por estar aliviados, en un mundo que está realmente enfermo”.

La enfermedad de la insolidaridad, del ansia de poder, de la glorificación del dinero como símbolo del ser, de la ignominia de creernos poseedores de una riqueza representada en lo objetual, más que en los valores que nos hacen ser dignos de hacer parte de una sociedad.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabildiad y deja al descubierto esas falsas y superflues seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas”.

Agendas que proveen lo temporal, pero que se disuelven en la impotencia de no reconocer que tras las máscaras que socialmente exhibimos, de los galardones que adornan nuestras paredes, de los titulares de prensa que reclamamos; no hay más que un conjunto organizado de órganos y sistemas funcionales pares a los de cualquier otro ser viviente. Un recorderis oportuno para reconocer que el hombre vale, en cuanto vale en conjunto con el otro; en la medida que es piñón de un aparato que funciona sincronizadamente  y en la medida sea capaz de reconocerse como una pieza vital en su individualidad, pero inseparable del símiles fichas más del engranaje social.

Sigamos el ejemplo de las personas ejemplares, corrientemente olvidadas, que ante el miedo, han reaccionado, dando inclusive su propia vida. Personas que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show, pero que sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo”.

En su oración, el máximo jerarca de la Iglesia Católica reconoce el papel de aquellos que hoy le ponen el pecho a la brisa desde cada uno de sus oficios y que apenas hoy comenzamos a mirar con el respeto y la admiración que se merecen. Donde quedan ante ellos los “influencer” de vanidades y superficialidades, los políticos comprometidos exclusivamente con el llenado de sus arcas, los mercaderes de ilusiones banales. Un llamado a poner los pies en la tierra y dejar de pretender el Olimpo de la riqueza, como la principal meta de vida.

Hemos estado sordos ante el clamor de nuestra casa, el planeta tierra.

No hemos escuchado el grito de nuestro planeta enfermo”.

Un grito ahogado por la vida, por ese espacio vital que hoy usurpamos con desdén, con desprecio por los sagrados recursos que la naturaleza nos provee, con la destrucción masiva y el exterminio de especies que hacen parte de un ecosistema global donde nada es insignificante. Una crisis ambiental que hoy nos está superando y donde de continuar con esta linea, será la senda perfecta para la multiplicación de más y peores pandemias que la que hoy vivimos, o mejor decir, padecemos. Un recordatorio justo y perfecto al cuento “¿Cuanta tierra necesita el hombre?”, escrito por el genial León Tolztoi, y que para estos periodos de confinamiento y reflexión, aprovecho para recomendar a todos mis lectores.

“Estamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, sorprendidos por una tormenta inesperada”.

Un llamado o mejor un clamor, para que empecemos a actuar de manera solidaria, solo unidos y socialmente fortalecidos, podremos superar esta compleja prueba, que hoy apenas comienza a vislumbrarse en el alba de nuestra ciudad, de nuestras familias, en nosotros mismos como individuos. Como lo exponía el Sumo Pontífice, “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad. No podemos seguir cada uno por su cuenta. Nadie se salva solo. Que todos sean uno”.

Feliz confinamiento, lean más, limpien bien sus espacios internos y externos, cuiden de sus mayores, disfruten la soledad si les tocó pasar estos días sin compañía y gocense el tiempo con quienes comparten con ustedes este confinamiento, quizá todavía quede mucho por decir. En quince días nos volvemos a leer, con la fe de que vamos a salir airosos en este embate de los vientos hacia nuestra frágil embarcación.

*Fotógrafo

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