Quiero seguir dándome el lujo

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Por: César Mauricio Olaya Corzo/ Hace unos días recibí entre los tantos mensajes que hoy nos inundan vía correo electrónico, mensaje de texto o WhatsApp, trinos y publicaciones del Facebook, uno muy particular que me llamó poderosamente la atención y que se titulaba El Lujo Cambió.

El lujo a que hace referencia el texto nos ubica primero en una nueva forma de ver y de pensar el mundo en la mente de los llamado Millennials, la generación que viene a remplazarnos durante los próximos treinta a cincuenta años, para quienes factores como el lujo y la ostentación que marcaban las referencias de nuestra generación a lo que era “ser rico”, pasan a un segundo plano y otras son las prioridades de ese nuevo lujo: salud, libertad, tiempo, espacio en este mundo desordenado, comer sanamente, disfrutar la naturaleza en libertad, propender por iniciativas que busquen defender el medio ambiente, concientizarnos sobre el valor del agua, entre muchas otras, se convierten en los tesoros que acumulan riqueza.

Los bichos raros de la vieja generación que coincidimos con esta manera de pensar éramos lo “loquitos raros”, los “mechudos de alpargata y mochila”, idealistas, soñadores, lectores, poetas, fotógrafos, caminantes, argumentadores de esos valores que para la sociedad que estamos dejando atrás, con esa manera de pensar, nunca seríamos nada en la vida.

La vida me ha tratado con mucho cariño, pues además de dotarme con el talento y la sensibilidad que sintetizo en muchas de las fotografías que registro en mi cotidiano transcurrir; ese placer de poder hacer de una obturación el lenguaje a través del cual comunico los mensajes que me dicta el alma, se convierte en mi arma para tocar los pensamientos de esos otros que no comulgan con nosotros los “bichos raros”.

Y es que poder abrir por las mañanas la ventana de par en par y detenerme a escudriñar la salida del sol, abrir luego la paca de café y aspirar su inigualable olor donde con el tiempo he logrado descubrir sus notas de origen, disfrutarlo con calma mientras repaso las páginas del libro de turno; es una riqueza que no se compra con el dinero que a la misma hora, atormenta al acaudalado millonario que se envenena con las noticias, se apura un vaso con agua y una decena de pastillas para el estrés, la tensión y otros males modernos, el que en su cabeza cavilan las transacciones del día, las variaciones del mercado, el negocio que está por cerrarse, el pago de la nómina y no se cuantas marimondas más con que se disfraza la tan anhelada riqueza.

Viajar a veces sin un norte definido. Salir una mañana impulsado, tomar el transporte público y partir sin mayores premuras ya sea a emprender una caminata por los senderos del Chicamocha o por las heladas montañas del páramo y en uno u otro lugar, parar cuando se desee, obturar mil veces la cámara, respirar hondo y divagar en esos espacios hechos a la medida de los soñadores.

Obviamente disfrutar de estos lujos implica necesariamente tener las bases mínimas para vivir con decencia; no deber más allá de lo imposible de pagar, reconocer que vamos para viejos y que eso implica el tener que pensar en el futuro, así vaya contra los estándares de esta nueva riqueza, pues lamentablemente estamos insertos en una sociedad que mira de reojo a sus ancianos y los desecha con la misma facilidad con que cambian de vehículo o de prenda de moda. A veces el no amoldarse a esta necesidad de pensar en el mañana y en insistir que solo se vale vivir el presente, implica un pulso muy fuerte con nuestros seres queridos, pero en factores como estos, puede estar la respuesta misma a la felicidad.

Desde niños nos enseñaron la importancia de ahorrar para un futuro, nos pusieron la alcancía casi que de almohada y nos vendieron inimaginables escenarios para quien no tuviera presente el futuro en sus vidas. Casi nos trazaron un derrotero sobre lo que debíamos estudiar para ser un profesional exitoso y con plata, más tarde ya en estando inmersos en el mercado laboral nos pintaron pajaritos de oro en torno a la “buena” decisión de estar en X o Y fondo de pensión que nos garantizara un porvenir tranquilo. Al tiempo nos brindaron todas las tarjetas de crédito posibles para disfrutar el presente a cuerpo de rey. Muchos, por no decir la mayoría, descubrieron demasiado tarde que por cuenta de estas tarjetas ya no tendrían futuro, pues este estaba alineado al pago de esas deudas acumuladas.

Los que nos negamos por ejemplo al uso de esos plásticos tentadores y yo me sostuve en esa opción por varias décadas, nos trataban de ¨pendejos¨ por no saber lo que nos estábamos perdiendo. Sin embargo, logramos viajar sin empeñar más de lo que recibíamos, recorrimos lugares que los “ricos” de tarjeta jamás en su vida soñaron, disfrutamos de un trago de licor sin importarnos que fuera un guarapo tres natas en una casa campesina o el más fino escoses parados frente a algún destino del mundo. Lo hicimos sin prisa, cuando debiera ser.

Emprender los caminos de la vida con la racionalidad impuesta por la sociedad de la riqueza del dinero era lo debido, los que hicimos caso omiso a esta obligada ruta quizá hoy en día miramos con envidia el futuro, el nuevo día que con certeza están empezando a vivir las nuevas generaciones que aman la tierra, que se preocupan porque los ricos de hoy no sigan contaminando con glifosato y de paso matando las abejas, los que levantan la voz contra decretos absurdos como el permitir la pesca de tiburones con el único propósito de mutilar sus aletas, que luego venderán en capsulas para la impotencia sexual de tanto rico moderno. Las generaciones que rechazan la minería destructora del medio ambiente, las que se paran de frente a las exigencias del Fondo Monetario Internacional y levantan las banderas de la indignación y el reclamo social. Una generación que vota por convicción y manda al traste todas las mediciones de los encuestadores, porque a su juicio, eran votos no previsibles.

Por lo que representa el privilegio de poder seguir dándome este lujo, las sabias palabras del poeta chileno Pablo Neruda, cuando en sus odas decía: “la locura, cierta locura, anda muchas veces del brazo con la poesía. Así como a las personas más razonables les costaría mucho ser poetas, quizá a los poetas les cuesta mucho ser razonables”.

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