Especial/ Afganistán, la guerra sin fin

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Informe de Noorullah Shirzada/ De todas las cosas tristes y desgarradoras que como periodista he visto en Afganistán, la casa de Niaz Bibi fue probablemente una de las peores.

A sus 70 años, esta mujer se convirtió en la madre de unos 40 niños, hijos de sus tres hijos y tres nietos asesinados por el Estado Islámico (EI).

Bibi hace lo mejor que puede, pero es tan pobre que todos viven en condiciones no mucho mejores que las que tendrían en una cárcel.

«¿Has visto a mi padre?», me preguntaron algunos de los niños el día que visité su casa. No sabían que sus padres estaban muertos. Pensaban que simplemente habían ido a algún lugar. Miraban sus fotos y contaban los minutos para su regreso.

¿Esto es lo que les pasará a mis hijos si un día no vuelvo a casa?, pensé, con las lágrimas corriendo por mis mejillas al ver cómo Bibi intentaba alimentar a su hambrienta prole con unas pocas rodajas de pan. ¿Creerán que todavía estoy vivo y esperarán por mi regreso?

Más temprano, Bibi me había llevado al lugar, al costado de una carretera, donde combatientes del EI decapitaron a sus hijos en 2016. Las lágrimas brotaron de sus ojos hundidos cuando me contó que los había escuchado gritar por piedad ese día. Nadie llegó.

Un viejo yacía en una cama en un rincón el día que visité su casa. «Es mi esposo. Quedó ciego el día que mataron a sus hijos», me cuenta Bibi. Así que ahora ella se encarga de él y de las decenas de descendientes bajo su tutela.

Todo el mundo parece tener una historia de crueldad del EI en el área donde vive Bibi. Las fuerzas afganas y estadounidenses empujaron a los yihadistas a las montañas, pero los pobladores dicen que están comenzando a regresar. El círculo de violencia, pérdida y venganza es tal que es difícil creer que la familia de Bibi pueda liberarse de él alguna vez.

«Aunque he perdido mucho, si la guerra continúa así, cuando crezcan enviaré a todos estos niños huérfanos a servir a su país y sacrificar sus vidas por su tierra natal», me dijo Bibi.

Vivo en Jalalabad, en el este de Afganistán, donde se desata una guerra entre los talibanes y las fuerzas gubernamentales respaldadas por Estados Unidos y donde el EI está creciendo. Afganistán ha estado inmerso en guerras durante los últimos 40 años, desde que las tropas soviéticas invadieron el 24 de diciembre de 1979. Primero fueron los soviéticos luchando contra los muyahidines, luego los muyahidines luchando entre sí, luego llegaron los talibanes, luego vino la invasión liderada por Estados Unidos que siguió a los ataques del 11S.

Y durante 40 años, los ciudadanos afganos de a pie han sido asesinados, heridos y torturados. Una tercera generación sucesiva de niños está siendo traumatizada. Miles han quedado discapacitados en todos los rincones del país.

Como periodista de video, escucho y grabo rutinariamente historias de violencia y tragedia. Me he acostumbrado a presenciar el sufrimiento humano. Pero de vez en cuando una historia rompe esa armadura y me toca como si fuera testigo del dolor por primera vez. De vez en cuando, una historia se vuelve casi demasiado difícil de soportar. La de Niaz Bibi se convirtió en una de esas historias.

Otra fue la de una familia con siete hijos amputados.

Esa historia comenzó en abril de 2018. Un grupo de 10 niños de una aldea caminaban hacia la escuela cuando se encontraron con un objeto extraño tirado en el suelo. Curiosos, como todos los niños, lo recogieron y se lo mostraron a una tía que los acompañaba. Y luego hubo una explosión.

El curioso objeto resultó ser un mortero sin explotar, algo común en un país donde décadas de conflicto lo han dejado plagado de minas terrestres, proyectiles y bombas. La explosión mató de inmediato a la tía y a tres niños. Los siete restantes perdieron extremidades.

Cuando me enteré del accidente, corrí al hospital para grabar el resultado. Al llegar, vi a los niños sobrevivientes acostados, sin piernas, y a sus familiares llorando a su alrededor. Terminé sintiendo que algo terrible le había pasado a mi propia familia.

La escena me sacudió tanto que quise visitar a los niños en su casa. Pero viven en una zona muy peligrosa, patrullada por los talibanes, en la primera línea del conflicto. El EI también está presente en el área y se sabe que sus combatientes matan sin piedad a personas inocentes.

A ninguno de los dos grupos les gustan los periodistas. Los talibanes pueden matarte o tomarte como rehén bajo la sospecha de que eres un espía del gobierno o de Estados Unidos. El EI ni siquiera pensaría en llevarte vivo; simplemente te mataría en el acto. Ellos consideran a los periodistas espías estadounidenses y les dicen a sus combatientes que si matan a periodistas, obtendrán una recompensa financiera.

Dada la inseguridad, mis familiares me pidieron que no vaya. «No te arriesgues así», me dijeron. Al principio los escuché. Pero luego pensé: si dejo de trabajar debido a la inseguridad, dejaría de trabajar por completo porque ¿dónde hay un área totalmente segura en el país?

No obstante, tomé precauciones. En una situación ideal, habría pasado un día entero en la casa de la familia, obteniendo mis imágenes. Pero eso era imposible: los talibanes y el EI escucharían que había un extraño en el área y me matarían o me raptarían. La clave para mantenerme a salvo era ir varias veces por períodos cortos, yéndome antes de que las noticias de mi presencia pudieran expandirse.

Terminé yendo a la casa cuatro veces por 10 minutos cada una. Fui por la tarde, cuando la luz era buena. Llevaba a mi hermano o un amigo. Se quedaban en el automóvil, a unos 800 metros de la casa, y vigilaban a los hombres en motocicletas, el transporte preferido de los talibanes.

La sencilla casa familiar había sido marcada por las balas. Los niños estaban acurrucados dentro, asustados. De lo único que hablaron fue de la explosión.

En un momento, los niños salieron y se sentaron en un banco, donde los filmé enrollando medias sobre sus muñones -sus cicatrices apenas se habían curado en el año transcurrido desde la explosión- y sus prótesis. Todos me repetían: «Nuestro futuro está destruido».

Fue increíblemente difícil de presenciar. Una niña, de solo seis años, me dijo que su padre había salido de la casa años atrás y nunca regresó. No sabía si estaba vivo o muerto.

A pesar del peligro para obtener esta historia, me alegro de haberme arriesgado. Sé que ser periodista en mi país conlleva un riesgo. Que estoy jugando con mi vida cada vez que salgo de casa. Que toda mi familia se preocupa por mí hasta que regreso.

Pero es importante contarle estas historias al mundo. No son solo las historias de dos familias. Son las historias de todo el país porque cada familia en este país tiene personas asesinadas, heridas o desplazadas.

Trabajé en estas historias para mostrar cómo se ve realmente la guerra.

Para que quienes desean que la guerra continúe en Afganistán sepan que las víctimas son civiles. Mujeres y niños. Miles han quedado discapacitados.

La mitad de los niños no va a la escuela debido a los enfrentamientos. Otra generación está creciendo sin educación, listos para que los grupos terroristas los capten para luchar contra el gobierno. Y para que este conflicto interminable continúe.