Violencia en colegios de Santander

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Por: Diego Ruiz Thorrens/ 28 de Agosto de 2019. El momento es aterrador, demasiado escalofriante: de fondo y sin que se observen con claridad en el vídeo se escuchan (con bastante claridad) los gritos provenientes de un grupo de niñas, todas no mayores a los 14 años, presentes en la cancha del Colegio Francisco de Paula Santander, ubicada al Oeste de la ciudad de Bucaramanga. Los gritos son proferidos entre desespero y profundo miedo; también son gritos de ruego (¡déjelo ya, déjelo!) mientras que una docente, figura presente del escalofriante espectáculo, se encuentra grabando con su celular la horripilante situación evitando al mismo tiempo un posible y trágico desenlace.

Los actores de la triste escena son, por un lado, un niño de tan sólo 13 años (según algunas fuentes el alumno ya alcanzaría los 14 años) y que en clara posición de ataque blande muy en alto un gigantesco cuchillo de cocina mientras gritaba a su víctima (su profesor de educación física) entre lágrimas de rabia y de frustración: “ahora sí malp… cuando me pegó ¿qué dijo, ah? ¿Qué dijo, ah?”, haciendo retroceder al docente con cautela, en círculo, expectante y tratando de anticipar algún movimiento que potenciara el ataque.

La escalofriante escena, morbosamente compartida cientos de veces en redes sociales como Whatsapp, Twitter, Facebook y posteriormente denunciada por algunos medios de comunicación del departamento, generó sentimientos de repudio pero también una alarmante preocupación.

Sin embargo, lo más impactante de éste suceso, fue que logró exponer el real escenario que encontraremos cuando un estudiante logra hacerse con un arma (para éste caso, un gigantesco cuchillo de cocina) y los riesgos que día a día son sometidos tanto docentes como otros estudiantes de colegios de primaria y secundaria. En especial, estudiantes de algunos colegios públicos de nuestra ciudad y del departamento en estas situaciones.

El vídeo (que plantea muchas interrogantes y pocas respuestas) develó una situación que año tras año, gestión tras gestión, demuestra el nivel humano para hacer de nosotros mismos los de la “vista gorda” en la más clara actitud de “aquí no ha pasado nada”, evadiendo una discusión que debemos asumir, pero que incesantemente es interrumpida: la violencia en los colegios (públicos y privados) es real, es diaria, es latente y constante. Pero sigue siendo invisible, y con cada nuevo caso de violencia que se presenta, estos quedarán automáticamente catalogados como “casos aislados”.

¿Verdaderamente lo son? La respuesta es contundente: no. No lo son.

Hagamos memoria. Recordemos sólo dos casos “aislados” que fueron recogidos por medios de comunicación, y que son evidencia de una realidad que seguimos pensando como “aislada”. Casos que tristemente caen con facilidad al olvido, al igual que otros tantos casos.

Estos casos debieron hacernos despertar, movilizar, y los traigo una vez más a colación para que reflexionemos sobre la realidad que enfrentan miles de niños en los colegios de básica primaria y secundaria de Santander:

El día 2 de Agosto de 2016, un estudiante de tan solo 14 años asesina en medio de una riña a un estudiante de 17 años. El homicidio fue cometido en una institución educativa ubicada del Barrio Real de Minas, específicamente, en un colegio público ubicado en el paso conocido como la Calle de los Estudiantes.

Testigos presentes en la refriega manifestaron que el menor de 14 años, cansado del bullying y del acoso por parte del joven de 17, y aprovechando ágilmente el instante en el que otro compañerito el lanza un objeto punzocortante, hiere causándole la muerte a su victimario. Este homicidio generó todo un acompañamiento por parte del Comando Metropolitano de Policía de Bucaramanga y la intervención de la Defensoría del Pueblo Regional Santander y la Personería de Bucaramanga en la institución educativa.

Posteriormente, el crimen cayó al olvido.

El día 11 de Noviembre de 2018 el país entero se sacudió con un nuevo caso de violencia por bullying cometido en la ciudad de Bucaramanga. Según familiares de la víctima, el acoso y la violencia se venían presentando a lo largo de 8 años (¡8 años!). En un brutal ataque, sus victimarios le propinaron tantos golpes al menor (6 menores de edad contra la humanidad de una única víctima) dejando a la víctima incapaz de volver a caminar.

En relación al caso, una profesional perteneciente al cuerpo docente del colegio dónde sucedieron los hechos manifestó lo siguiente: los docentes ‘debemos (…) impedir esas situaciones y apartarnos del miedo al qué dirán para que no exista “la política del tape y tape”.’ Repito: “política del tape y tape”. Esto último se vuelve aún más cierto cuando los casos de violencia se dan en razón a la orientación sexual e identidad de género en niños LGBT. El miedo a denunciar, tanto por parte de docentes como estudiantes es latente y por ello, la gran mayoría de sucesos nunca son denunciados.

A los anteriores ejemplos podríamos adicionarle el crimen cometido el día 09 de Noviembre de 2018, dónde un menor asesina a su compañero en el municipio de San Gil, incapaz de soportar más matoneo; o los casos de violencia extramural que siguen presentándose en la zona de la Calle de los Estudiantes, o fuera del Colegio Santander o del Colegio INEM en el Barrio Provenza, sucesos de conocimiento público tanto por parte de Alumnos como de los Padres de los mismos estudiantes afectados.

¿Por qué siguen sucediendo estos casos de Violencia en Colegios de Santander? ¿Qué podemos hacer para cambiar ésta situación? 

Quisiera brindar una posible respuesta, respuesta que a su vez toma distancia de todas aquellas históricas posturas asumidas por las instituciones de educación donde se expresa que el problema viene de la familia, de los padres, y que debemos trabajar primero con los núcleos familiares para así poder prevenir y evitar éstas manifestaciones de violencia.

Honestamente, estoy parcialmente de acuerdo con éste planteamiento, puesto que toda violencia tiene su génesis, y muchos de los jóvenes que alguna vez fueron víctimas para posteriormente ser victimarios asumen esta postura violenta por diversas razones que podríamos también discutir aquí: por supervivencia, por poder, por escape, por resistencia. Por asumir una posición de “respeto” (e intimidación) hacia sus victimarios. Por muchas más razones, algunas más oscuras que otras.

Pero no todas las razones tienen como origen “la familia”. Cada vez que un caso de violencia como estos emergen, deberíamos como ciudadanos, como seres humanos obligarnos a poner nuestros ojos sobre la sociedad, y especialmente, sobre nosotros mismos.

Quisiera terminar diciendo que ojalá dejemos de hacer juicios a la ligera, juicios como los que fácilmente encontramos en las redes sociales (y que no replicaré pues no tienen sentido), dónde se justifica la violencia contra las víctimas, sin importar que éstas son niños.

Deseo que hagamos el ejercicio de preguntarnos qué puede llevar a que un niño explosione en violencia sobre la humanidad del otro (al que ahora verá como su enemigo) vertiendo todo su ser, toda su furia. O, ¿Será que después de esto, seguiremos haciéndonos los de la vista gorda?

Twitter: @Diego10T