Leonardo, venezolanos y muerte inminente

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Por: Diego Ruiz Thorrens/ Alguna vez escuché que existen momentos en nuestras vidas que parecieran que transcurren en cámara lenta, algo semejante como cuando hacemos un barrido fotográfico muy pausado. Reflexionando sobre el tema me doy cuenta que es así, pero creo que pocas veces nos percatamos de ello.

Quizá una forma de entender este momento ad infinitum es cuando nos encontramos en medio de una situación estresante o abrumadora: los minutos se tornan en horas y las horas en días. Es una sensación que alguna vez experimentamos (o experimentaremos), que pone a prueba nuestro nivel de supervivencia y que con la experiencia (su inconmensurable valor) nos ayuda a la comprensión de cuán sagrado es cada vida humana.

La noticia de la muerte de alguien apreciado es precisamente uno de éstos sucesos que transcurren en cámara lenta: mientras el mundo gira con despiadada velocidad, aquellos que hemos vivido la pérdida de alguien querido y/o respetado sentimos que el tiempo pasa 10 o 100 veces más lento, haciendo de la pérdida y del dolor algo increíblemente abrumador. Algunas veces sentimos que el mundo se suspende, que deja de girar mientras nuestro cuerpo queda anclado al pavimento.

La experiencia o sensación de “cámara lenta” no es el tipo de vivencia que buscamos vivir a conciencia pero que difícilmente logramos evadir. La muerte nunca da tregua, y precisamente por ello, en un país como el nuestro, con una realidad tan convulsionada y tan desgarradora en incontables momentos, añoramos que el inminente arribo de la muerte (y sobre todos aquellos que nos son propios y ajenos) llegue sin violencia y hasta con el mínimo dolor posible.

Pero no siempre es así. Muchas veces la muerte llega acompañada de la agonía y del padecimiento. Inhumanamente.

La crisis económica del sistema nacional de salud (junto a los robos, atracos, desangres, corrupción, dobles facturaciones o como quieran llamarlos) es una realidad tan contundente (y al parecer, inevitable) como la misma muerte. Todos los días uno encuentra personas que mueren por la más pura, desalmada y perversa desidia administrativa: desde trabas en las autorizaciones, exigencias de documentaciones que a veces no son requeridas por las IPS, hasta las incontables tutelas por negación de servicio, cuyos desenlaces buscan evitar desacatos tras desacatos tras desacatos, ganándole tiempo a la muerte. Ésta es la triste realidad que deben vivir cientos de miles de colombianos todos los días.

Según la Defensoría del Pueblo a la fecha “cada 34 segundos en Colombia se presenta una tutela por violación al derecho a la salud” sólo en el escenario de personas connacionales (nacidas en nuestro país) que exigen una respuesta a un derecho fundamental. Santander está entre los cinco (5) primeros departamentos a nivel nacional dónde más se presentan denuncias.

Hablo de “connacionales” porque el escenario es aún más oscuro cuando la respuesta en salud debería también ser oportuna para la población Venezolana radicada en nuestro territorio. Y es denigrante (no en todos los casos, pero sí en muchos, muchísimo de ellos) porque según lo manifiesta la Gobernación de Santander y la Secretaría de Salud Departamental, nuestra ciudad y su área metropolitana es sólo un territorio “de paso” para todos los Venezolanos, es decir, no hay permanencia o estadía completa. Sabemos que eso no es totalmente cierto.

Sin embargo, esta postura impacta directamente en la atención de pacientes que provienen del vecino país con patologías de fácil o complejo manejo, pero que sin pasaporte o permiso especial de permanencia nunca accederán a tratamientos oportunos, encontrando la muerte como resultado seguro.

Leonardo fue un joven venezolano al que conocí gracias a una increíble profesional del Hospital Universitario cuyo nombre me reservaré. La salud del joven se vio mermada debido a la situación que todos conocemos del vecino país. Pero como joven, después de caminar cientos de kilómetros directo hacia nuestro país puso toda su energía añorando una atención en salud para una enfermedad crónica y un tratamiento médico que podría salvar su vida.

Pero una vez llegó a nuestro territorio, puerta tras puerta se fueron cerrando, cuando cada segundo, cada minuto era valioso para salvar su vida.

¿Qué tiene que ver ese momento ad inifinitum del que hablaba al inicio de éste escrito con esta experiencia? Precisamente esa fue la sensación que sentí cuando, con por fin después de casi 1 mes de luchas y gestiones, con la autorización de la secretaría de salud departamental en mis mano para la toma y realización de exámenes especializados, mis ilusiones se vieron destrozadas, en trizas. Todo en un angustiante, extenso e infinito momento. Leonardo había muerto, no más de 15 minutos anterior a recibir el papel.

Quizá usted, apreciado leyente, sea uno/a de aquellos/as que dirá “pero ya no hay espacio para tantos Venezolanos”, o repetirá lo que en su momento dijo el Gobierno nacional sobre que el fenómeno de (in)migración como el responsable del aumento de la crisis en salud en nuestro país (entre otros tantos fenómenos).

La crisis en salud ya era una realidad, muchísimo antes que arribaran a nuestro país nuestros/as vecinos/as Venezolanos.

Solo espero no volver a vivir, en cámara lenta, este tipo de sensación que viví con la muerte de Leonardo (nunca más repetirlo, aunque sé que será inevitable), ni tampoco ninguna familia Colombiana o Venezolana que vivirá el arrebatamiento por negligencia en salud de un ser querido.

Esto dependerá en gran parte de la Alcaldía de Bucaramanga al igual que de la Gobernación de Santander, y de sus capacidades de asumir la realidad que vivimos en nuestro territorio en temas de salud. Espero dejemos de repetir que Santander es territorio “de paso” para Venezolanos y asumamos que connacionales y venezolanos seguirán muriendo, unos por culpa del perverso sistema de salud. Otros, porque son vistos como apátridas.

Twitter: @Diego10T