Solo quedan las fotos

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Por: César Mauricio Olaya/ Ayer en un breve mensaje de mi hijo que reside en Alemania, comentaba con tristeza que en últimas se sentía afortunado de tener al menos una foto de la torre siniestrada tras el incendio que el pasado 15 de abril, sobre las 6 de la tarde hora local, se desató en la Catedral de Notre Dame, sin duda uno de los símbolos de la arquitectura universal e icono de París, la ciudad de los iconos.

Y es que es difícil de imaginar el llegar a París y regresarse sin la fotografía de la erguida torre que se elevaba sobre la arquitectura gris que evocaba en la imaginación, las miradas espías de Quasimodo, el deforme jorobado al que Víctor Hugo le diera vida en su célebre novela, que de paso sirvió para que los parisinos voltearan sus ojos hacia esa catedral, hasta entonces en el sigilo de la vergüenza, pues en su atrio se habían llevado a cabo las cremaciones a que eran condenados los impíos acusados por la iglesia de herejía, brujería y saberes ocultos, entre ellos, el de la célebre Juana de Arco.

Y es que tan pronto por las noticias empezaron a multiplicarse las dantescas imágenes de Notre Dame entre el fuego, pensaría que todos los afortunados que alguna vez retrataron o se retrataron frente a la mítica obra, corrieron a buscar la fotografía que daría cuenta del valor de su logro y compartirlo en sus redes sociales.

Un ejemplo más del valor de una fotografía que traduce ni más ni menos, la percepción física del paso del tiempo, del renacer de lo efímero, de la constancia notarial de lo visto, del volver a darle vida a los recuerdos.

Es así como llega a mi memoria, uno de los ejercicios que solía realizar en mis clases de fotografía, consistía en pedirles a los estudiantes que cada uno llevara una fotografía escogida entre las existentes en el álbum familiar. Ya en clase les pedía que las dejaran sobre el escritorio y al azar, volvía a repartirlas. Acto seguido pedía a cualquiera de los estudiantes que mostrara la foto que le había tocado en turno y que hiciera una breve exposición sobre ella.

Las palabras se quedaban exageradamente cortas en una limitada descripción: “Es un niño haciendo su primera comunión. Se le ve feliz, etc, etc, etc. Acto seguido, pedía identificar al dueño de la fotografía y le pedía su versión. De inmediato en un extenso periplo por los avatares de su memoria, nacían sentimientos, recuerdos, añoranzas, revivía ese instante y la narración como en una historia del Ave Fénix, cobraba vida entre las cenizas de esa evocación.

La realidad en la historia de la humanidad se parte en dos desde el antes de Niepce y el después de su gran logro, la fotografía. El antes cuando el registro de los hechos, la aproximación física a la imagen de un personaje, las versiones iconografías de un testimonio pasaban por la habilidad e incluso, por la imposición y el criterio tanto del artista que representaba con su pincel, como el cliente que a capricho pedía la inclusión o la eliminación de X o Y elemento molesto, algo así como un Photoshop del ayer.

El crítico de cine francés Andres Bazin proponía una mirada sobre el papel de la fotografía, determinando ésta como un “complejo de momia”, donde según él, a través de una foto evitamos la muerte y el paso del tiempo, manteniendo el cuerpo presente en esa imagen condensada.

Las torres gemelas derrumbándose y ahora Notre Dame en llamas, diría que son la síntesis contemporánea del porqué y para qué dejar en nuestras cámaras la impronta de nuestra visita a cualquiera de estos monumentos ungidos como patrimonio de la humanidad, un honor que no las guarda de un acontecimiento difícil de prever, pero no imposible de suceder.

En ese mismo sentido, el valor de volver a recuperar el álbum familiar, el mejor testimonio de nuestro pasar en los tiempos del afecto y de nuestros recuerdos y nuestro efímero paso por la línea del tiempo que nos fue dada.

Correo: maurobucaro2@gmail.com

Twitter: @maurobucaro