Pequeños cambios

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Por: Édgar A. Henao/ El 20 de agosto de 2018, Greta Thunberg se instaló frente al Parlamento Sueco para hacer el acto de protesta con mayor resonancia en los últimos días: en vez de asistir al colegio, como corresponde a una joven de  su edad -16 años-, eligió los viernes de cada semana para protestar contra el cambio climático y la falta de voluntad de los gobiernos para brindar  soluciones radicales.

«No quiero que tengas esperanza, quiero que entres en pánico. Quiero que sientas el miedo que siento todos los días y luego quiero que actúes». Lapidaria, concisa, la frase de Greta es un sacudón de hombros que pretende despertar a quienes ven lejanas las consecuencias del daño al medio ambiente. Poco a poco, el llamado hizo eco en movimientos juveniles de todo el mundo, y hoy asistimos a una escalada de protestas que transmiten la urgencia de ese mensaje, que haya pánico y miedo en todos los rincones del mundo  para que se busque  una solución global.

Colombia no parece responder a ese mensaje. El más reciente informe “Estrategias de Control a la Deforestación y Gestión de los Bosques”, elaborado por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, establece, por ejemplo, que entre los años 2015 y 2016, la deforestación en la región amazónica se incrementó en un 44%, pasando de 56.952 a 70.074 hectáreas deforestadas.

No voy hacer la conversión de tamaño en canchas de fútbol, que es la unidad de medida para dimensionar lo que no debería ser dimensionable, pero tenga  en cuenta que una de ellas, la de un campo de fútbol profesional  se acerca a eso, una hectárea. Saque cuentas.

Por medio de la Ley  1844 de 2017, Colombia suscribió el  Acuerdo de París sobre cambio climático, y  adquirió compromisos internacionales para reducir la deforestación y la emisión de gases efecto invernadero en el contexto del cambio climático, reflejados en dos cuerpos normativos: El Plan Nacional de Desarrollo (PND) 2014-2018 (Ley 1753/15), que fijó la meta de disminuir la tasa neta de deforestación a cero en la Amazonía colombiana para el año 2020, (sobre todo al paso que vamos), y  en las bases del PND 2018-2022 se fijó como meta reducir la deforestación en todo el país a nivel cero (0 %) en el año 2022.

Cuando el problema parecía   exclusivo del campo, lejano de las grandes ciudades, Bogotá y Medellín  registran altos índices de contaminación en el aire que  demuestran las consecuencias de ignorar el frágil equilibrio de la naturaleza y su incidencia en nuestra salud. Bucaramanga, como se sabe,  va por el mismo camino.

Según el informe citado del Ministerio de  Ambiente,  los factores que contribuyen al cambio climático son: i) el acaparamiento ilegal de tierras, ii) los cultivos de uso ilícito, iii) la extracción ilegal de yacimiento minerales, iv) las obras de infraestructura, v) los cultivos agroindustriales y, vi) la extracción punible de maderas.

La polución y la mala calidad del aire, aunque es un fenómeno urbano (contaminación vehicular, malas prácticas de manejos de residuos, etc.), no por ello es independiente de los problemas de deforestación, los cuales agravan la situación global del clima y acentúan los focos de contaminación atmosférica. No se trata de un problema aislado sino la parte de  un todo cuya armonía se rompió hace rato.

Pico y Placa ambiental y mayores controles a los gases vehiculares parecen medidas necesarias, pero insuficientes, si se tiene en cuenta que en Bogotá y Medellín lo aplican para mantener a raya la contaminación, pero con la amenaza latente de volver a niveles riesgosos  para la salud humana.

El área metropolitana de Bucaramanga necesita una política ambiental que combata el problema más allá de todo eso. No tengo la fórmula, pero sí espero pergeñar algunas en la siguiente columna.

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