Entre el dolor y la vergüenza

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Por: Doris Elisa Gordillo/ Duele el alma y da pena ver algo para lo que no tenemos justificación: El pasado martes 29 de enero, los santandereanos leímos en la prensa regional que los centros médicos del Departamento reportaron un aumento del 70% en la atención de niños con desnutrición.

Tal situación debe convertirse en un llamado de atención para los gobernantes. Como exsecretaria de Educación, soy testigo de excepción de que programas como el PAE son insuficientes para remediar la situación de los niños, niñas y jóvenes de Santander que no están bien alimentados, entre otras cosas, porque nadie en crecimiento estará bien nutrido si recibe solo uno o dos complementos alimenticios al día.

Es cierto que la primera responsabilidad en la alimentación de los niños no es del Estado, sino de los padres; pero también lo es que los gobiernos municipales, apoyados por el orden departamental, pueden liderar acciones de seguimiento para que los hogares con mayores dificultades reciban un apoyo económico a través de proyectos productivos familiares.

Garantizar los derechos de los niños debe ser agenda permanente de la institucionalidad, sus gobernantes deben incluir en sus planes la implementación de políticas públicas que cumplan con este cometido. En Santander, a punto de terminar un mandato, sería bueno que se hiciera una revisión del tema, de la ejecución de programas, su impacto y el porqué de estas estadísticas, para dejar una línea base que permita construir una verdadera política en este sentido.

La nutrición no es un tema de mera escolaridad; tratándose de los niños hay que ir mucho más allá: es necesario llegar a la madre gestante. Varias son las opciones. Campañas que incentiven la lactancia materna, estímulos a la mujer gestante, reconocerle socialmente como un ser que necesita y merece apoyo.

No basta con la entrega de complementos alimenticios en los colegios, a los niños hay que cuidarlos más y mejor: conocer su estado de salud (su peso y edad) al momento de ingresar al aula, indagar por sus antecedentes familiares de desnutrición; hay que incidir en una nueva cultura de buenos hábitos en la alimentación, impulsar una pedagogía desde las aulas alrededor del componente nutricional.

Lo anterior será posible solo cuando el interés que nos mueva sean nuestros niños, y sus familias; cuando hayan verdaderas políticas públicas  que garanticen la solidaridad con el menos favorecido, cuando nos preocupemos por contar con estadísticas reales de cuántos niños hay en el Departamento y cuál es su verdadera condición, cuando generemos espacios de reflexión al interior de las instituciones  educativas para padres de familia y los mismos estudiantes, que les permitan a muchos de ellos expresar su verdadera circunstancia de vida.

Que importante aporte podrían hacer las organizaciones civiles y los mismos medios de comunicación a la discusión sobre los modelos pedagógicos necesarios para educar sobre los hábitos alimenticios que necesita nuestra sociedad. Mi reflexión del día de hoy, más que hondar en la permanente crítica de un problema con tantas complejidades, busca mostrar otras alternativas para generar una estrategia de alto impacto en la sociedad santandereana.

Twitter: @GordilloElisa