La agonía de Eros

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Por: Édgar A. Henao/ No hay mejor excusa para hablar de algo tan esencial a nosotros y a la vez para alejarnos de la frivolidad política y social (¿qué no lo es?) que diciembre; bueno, lo que se supone que representa, para muchos el único espacio para compartir en familia o para cerrar ciclos y emprender nuevas metas, tal como lo enseñan las escrituras, los coaching y nuestras mamás. En el fondo, se trata de mirar qué tan lejos hemos llegado y evaluar lo que nos hace falta, mirando siempre por el rabillo del ojo si el combustible que usamos para ello es suficiente para seguir levantándonos y luchar; no hay duda que es el único combustible  que nos permite aguantar, sudar, renunciar a nuestra  comodidad   y hasta  sacrificar nuestra vida por otros: el amor.

Pero voy hablar únicamente del amor romántico, esa unión esquiva para muchos y que   otorga plenitud en quien la vive; fugaz sí, pero una poderosa droga natural que secreta nuestro cerebro en la fase de enamoramiento que hace ver todo rosa. Rafael Orozco lo resumió así: Estar enamorado es ser feliz.

Sin embargo, pareciera que hoy, más que en otras épocas, las relaciones vinieran obligatoriamente con fecha de caducidad. El alto número de divorcios y rupturas de parejas no casadas –pero no por ello menos importantes- indican, precisamente, que el desapego es la divisa que distingue nuestra época.  O lo que es lo mismo, en nuestra época prima el apego al yo, antes que nada.

El sicólogo Erich Fromm atribuye esa crisis, entre otras, a una visión mercantilizada de las relaciones humanas. Seremos los más racionales y civilizados del mundo, pero a la hora de aparearnos no nos diferenciamos mucho de los Bonobos. Mostramos “todo lo que tenemos” en estatus económico y social y la  hembra, esquiva y apática no tanto como irrespeto a quienes la pretenden sino como árbitro de un ritual de lucha que decide, finalmente, con quién quedarse.

Naturalmente ella, vista como premio, reúne todas las cualidades estéticas socialmente aceptadas y codiciadas (figura, color de piel, ojos, etc.), las cuales, como ocurre con los productos selectos, son escasos, por lo que únicamente podrán acceder quienes tengan las condiciones económicas, sociales y políticas que demande el mercado. Toda una visión pesimista, así funciona.

La solución, que no es fácil ni mucho menos agotable en unas líneas, estriba en el modo de abordar el amor. En términos del autor citado, podemos hablar del arte de amar en la medida en que se puede aprender a forjar relaciones duraderas. El error, en su sentir, descansa en que nos asumimos como somos en sacrificio del bienestar del (la) otra(o).  Reafirmamos nuestra   autenticidad cuando decimos así nací yo,  así se enamoró de mí, eso es lo que me distingue de los otros, no voy a dejar de ser yo por… y una larga lista de palabras que  pronostica un ruidoso fracaso.

La autenticidad no se ve comprometida si lo que se nos pide cambiar es  un defecto o acto por el que nosotros no estaríamos dispuestos a tolerar. El  amor es sacrificio y el otro debe ser consciente del compromiso que tengo para con él, en igual proporción de la que espero de él o ella. Cuando no existe consciencia de esos límites y simplemente se entrega, se lucha, se sacrifica, ahí  el sentimiento se vuelve eterno.

Ello implica, entonces, un compromiso absoluta por apoyar a quien con el pasar de los años muy seguramente no tendrá los atributos físicos y sociales con los que tuve ese esplendor inicial. Cuando ese compromiso es correspondido ya dejó de ser un sentimiento efímero y constituye la base de una relación duradera, trasformadora y  vivificante. Si no da la felicidad, que es tan ‘cortica’, al menos sí es su ingrediente principal, ¿quién es feliz sin sentirse amado?

Aunque suene a frase de almanaque, lo mejor es intentar ofrecer nuestra mejor versión. Si no estamos dispuestos a tener una actitud de entrega, con todos los riesgos emocionales que implica, ¿con qué derecho podremos exigírselo al otro? Cómo afrontar una situación dura, de enfermedad crónica o estrechez material si nuestro sentimiento no está cimentado en el sacrificio y apoyo incondicional de mi pareja.

Lo más bonito será, supongo, que con el pasar de los años digamos seguros, sin importar  las adversidades, como Rafael Orozco, que en el tiempo presente yo te amo y que en tiempo futuro te amaré.

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