Si a la guerra, si a la corrupción

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Por: César Augusto Torres Lesmes / Mi querido Lector, ¿ha escuchado la frase? “El pueblo tiene la suerte que se merece”. Pues bien, déjeme decirle, que en el caso de los colombianos es muy cierto.

Nosotros somos personas que nos dejamos influenciar de forma sistemática y burda por inescrupulosos que ven en el caos y la guerra el mejor negocio. Y digo lo anterior con la certeza de que el negocio de la guerra es uno de los más lucrativos en el mundo.

Tras la guerra está la venta de armas; está la venta de drogas alucinógenas que hacen de quienes participan individuos maleables y ajustables a la situación; tras de la guerra está el negocio de la disposición de los difuntos; tras de la guerra está la prostitución que hace que quien participa pueda soportarla a través del control de su lívido sexual; tras de la guerra está el control de las farmacéuticas por dotar de medicamentos en las zonas de conflicto con sus precios elevados.

La guerra no solo es matar, no es dejar lesionados; la guerra es un muy negocio.

Nosotros en Colombia tuvimos la oportunidad de expresarnos para querer parar una guerra que llevaba muchos años, pero a un grupo de compatriotas, liderado por un ser poderoso, decidieron no apoyarla y convencer a muchos de no hacerlo.

Tristemente ese grupo de personas gano -y como en todos los casos de una democracia imperfecta, una minoría hizo más daño de lo pensado- queda demostrado, entonces que cuando nos unimos hacemos daño.

No se trata de decir que estamos cansados y no hacer uso de los mecanismos de participación, se trata de tener corazón y amor propio, ese amor que me impulsa a decir: ¡Basta!

La clase política corrupta y sin escrúpulos, en Colombia, tiene tan bien medida a su gente y tan bien calibrada, que saca partida de los momentos de crisis, en donde todos pensamos – al fin caerán; resultando estos, ser los mejores planeadores de las estrategias de miedo, que les permiten alzarse con las orejas, de sus fieles seguidores y con el corazón de los que queremos un cambio.

Idiotas e ilusos, nosotros los iluminados -que por cierto en esta bella fábula somos los villanos-pues la oscuridad gobierna, mientras un pequeño aviso de iluminación se niega a ser extinto; y se niega a dejar de existir porque mientras nuevas personas se unan al cambio, tenemos esperanza.

La demagogia de una democracia basada en el miedo es tan efectiva que muchos han caído rendidos en sus brazos, pero no se han puesto a pensar en la Caja de Pandora que están abriendo. Mi querido lector el miedo es un arma tan letal, que hace que quien lo siente, busque protección y amparo bajo el abrigo de quién lo devorará.

Quien busca protección del miedo se siente en deuda con su futuro opresor, terminando este por apoyarle en las más injustas causas, con tal de no perder el amparo de su amo y protector.

Volvimos a rajar el ejercicio de la democracia el pasado 26 de agosto, los opositores de este magno evento buscaron entre sus muy pobres argumentos la justificación a siete valiosas preguntas, que marcaron el camino de muchos de nosotros. Lo más triste es que lo lograron.

Para querer la paz no necesito ser de izquierda ¿Quién no quiere paz? Para acabar con la corrupción no necesito ser de ningún partido político ¿Quién no quiere un buen manejo de Colombia? Para acabar con la guerra y la corrupción se necesita de su conciencia y no de una mano firme puesta en el corazón.

Seguimos siendo más los inconformes, los que creemos que podemos cambiar a Colombia del rumbo que lleva; pero si usted cree que soy ‘castrochavista’, deténgase y piense que mi mentor es el más grande terrorista del amor, la paz y los buenos principios: Dios.

Correo: cesar.torres@intercontr.com – Twitter: @Clesmes