¡Compórtate!

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Por: Édgar A. Henao/ Al igual que muchos compatriotas, no me importó la conducta desplegada por los hinchas colombianos en Rusia. No sentí dolor de patria ni vergüenza ajena por la mala imagen proyectada  y que “epa colombia” se haya bañado en una fuente en París no hizo más que convencerme de que la buena educación libera y nos hace empáticos, pero no es suficiente.

No la critico, me veo en ella y que sean  mexicanos, brasileños, argentinos, colombianos y peruanos en la misma tónica –como en efecto constataron  varios medios- diluye un mal que siempre ha estado ahí, velado y discreto y por el que juzgamos implacables cuando sale a flote y se hace tendencia, pero cuando pasa la noticia y baja la marea volvemos a nuestras vidas, a las de ellos.

Porque si se mira bien, cuando dijimos “bien hecho” por pasados mientras escuchamos que a uno lo echaron del trabajo y al otro le prohibieron el acceso a otros partidos, se piensa poco en el padre, hijo, hermano o amigo que son y cuya conducta reprochable en tales escenarios parecen el síntoma o el resultado –quién sabe, a lo mejor los dos-, de la carencia de la que vengo hablando: la buena educación.

No la educación formal. El que ingresó trago en unos binoculares al estadio era gerente regional de Avianca, es decir, debía tener un mínimo de preparación educativa. No, creo que hacerle quite a la  norma, sobre todo cuando nadie nos mira,  a reírnos burlonamente de una situación ventajosa, pareciera estar en nuestro ADN, en nuestra cultura. En realidad, el problema  viene casa.

De eso estamos hechos como nación: chistes misóginos y sexistas marcan el día a día. La intolerancia en el volante y el consumo irresponsable de bebidas alcohólicas campea, se mantiene. De un país donde se amenaza de muerte a Carlos Sánchez por provocar un penalti, o donde se  incita a las mujeres a no vacunarse contra el  VPH y se les expone al riesgo de contraer cáncer de cuello uterino y cuando no, se les golpea y ultraja y esa larga cadena de lugares comunes que utiliza uno cuando se queda sin argumentos, pero que son ciertos,  fatalmente ciertos de nuestra idiosincrasia (pienso en la muerte de niños por desnutrición, la corrupción etc.), la noticia de los hinchas patrios no deja de ser una molestia pasajera. No soportamos que nos hagan quedar mal en el exterior, pero toleramos  sus causas.

La indignación colectiva es útil cuando se repara en ella, en sus causas y se decide la sanción movidos por el racionamiento y persuasión del infractor. Que en nuestros círculos de amigos y familiares decidamos no tolerar ese tipo de conductas parece ser un paso, de muchos, que contribuye  al cambio de mentalidad de quienes insisten mantener  los rasgos sociales del hombre primitivo.

Bien por las sanciones ejemplarizantes, mandan el mensaje de  lo que no debe tolerarse. Bien si lo asumimos como espejo. La vergüenza y el dolor de patria, si acaso, deberían movernos a ser consecuentes en nuestro círculo de vida. Y si ya somos buenos ciudadanos, replicarlo. Siempre habrá algo en qué mejorar. La imagen de los japoneses recogiendo su propia basura es digna. El acto de agacharse debajo de sus  sillas y sus alrededores para hacer algo para lo que no están obligados es indicativo del lugar donde podemos empezar a hacer el cambio y no es el estadio.

Correo: henaot@gmail.com 

Twitter: @henaot1