Mil palabras para una fotografía

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Por: César Mauricio Olaya/ Al agradecer al equipo editorial de la Revista Corrillos, quiero iniciar con un saludo y a modo de presentación, estas primeras mil palabras en torno a la que de alguna manera, se ha convertido en la fotografía más icónica entre las miles que he podido realizar en más de 30 años ininterrumpidos de quehacer en el universo sin límites de la imagen fotográfica.

Este es un homenaje póstumo a Henry Delgado, así se llamaba el protagonista de esta fotografía que un domingo de marzo de 1992, realicé en el hermoso municipio de Cabrera, mientras cumplía con mis tareas como periodista y fotógrafo al servicio de la oficina de prensa y comunicaciones de la Gobernación de Santander. (Ver imagen)

Ese día llegamos con el gobernador Juan Carlos Duarte Torres y un pequeño grupo de personas que le acompañábamos en el helicóptero, para asistir al acto protocolario mediante el cual se daba al servicio de la comunidad, el sistema de acueducto urbano de este pueblo localizado en las honduras del valle del río Fonce y cuyo nombre, deriva de un pequeño poblado indígena de la familia de los Guanes, habitantes de esas breñas y que eran llamados los Calvera; nombre que tras la llegada de los españoles, terminó por adaptarse lingüísticamente como Cabrera, aunque a decir verdad, no sería raro que su toponimia obedeciera a la presencia de estos cuadrúpedos que igual abundan entre sus montañas y constituye en una de las bases económicas de sus habitantes.

Así, mientras se cumplían los actos protocolarios correspondientes, la mirada me llevó hacia un muchacho que recostado en uno de los soportes del kiosco que adornaba el parque central, atendía con algo de interés las intervenciones. Me llamó poderosamente la atención la singularidad y de alguna manera, belleza de su rostro donde se destacaban sus profundos ojos verdes casi felinos, que se enmarcaban en unas cejas espesas y junto a su sombrero ajado, una cicatriz junto a la boca y las uñas sucias que claramente lo identificaban como labriego, conformaban el anzuelo perfecto para convocar a retratarlo.

Cinco tomas quedaron resguardadas en el secretismo factible del acierto que horas después debía confirmarse al revelar la película. Bueno es recordar que eran épocas donde la fotografía no admitía probabilidades: se sabía o se sabía el oficio. No había opción de mirar en la pantalla, no había gran margen para hacer todas las tomas y luego salvar una. Era un rollo de 36 fotogramas y a lo sumo, para un evento de este tipo se llevaban dos o tres por el debido conocimiento de las tareas programadas.

Meses después llegó a mis manos la convocatoria al concurso nacional de fotografía alrededor del tema de los 500 años del descubrimiento de América. Recordé esa foto y la propuse bajo el título del Último Niño Guane.

Nombre éste que surgió de la lectura de unas crónicas de indias sobre la conquista de los territorios de la Nueva Granada, en donde el escritor Juan de Castellanos, se refería a los Guanes como una tribu particular tanto en su contextura física, más altos que el promedio de los demás nativos, su tez clara y unos ojos que decía el cronista, se asemejaban a los de un gato. Por pura analogía, por el lugar en pleno corazón de la provincia Guanentina, por las coincidencias entre lo leído y el personaje de la foto (para entonces no tenía idea de cómo se llamaba y mucho menos de su historia persona), consideré que esta titulación le iba como anillo al dedo.

Tras este premio y algunas publicaciones posteriores en mis libros, casi 15 años después, volví a saber de él por iniciativa de una colega de Vanguardia Liberal, la periodista Elizabeth Reyes Le Paliscot, quien me sugirió el tema para ser publicado en la sección séptimo día. Lo encontramos fácil con el apoyo del alcalde de esa época en Cabrera. De allí nació esta crónica que les comparto.  (Ver nota).

En septiembre del año pasado recibí la noticia de parte del exalcalde de ese municipio de que Henry había fallecido. La enfermedad, la pobreza, la soledad, la carencia de un Estado comprometido con el campesino y como causa primaria el consumo del guarapo, habían cobrado otra vida.

Su camino lento a la tumba había comenzado con la muerte de su señora madre, el único amor que compartió con él en vida. Su trabajo a sol y sombra de labranza en labranza, el consumo cotidiano de esta bebida que le sumaba fuerza y aguante, pero que le restaba vida, fue generando un proceso gradual de alcoholismo al punto que su último año de vida, la pasó teniendo como hogar el asilo de ancianos del municipio.

De acuerdo con el dictamen médico, dos causas se sumaron para minar sus restos físicos. Primero una afectación pulmonar que derivó meses después en tuberculosis, enfermedad que ha vuelto a renacer en varios municipios y que a decir de los estudios científicos, tiene su origen en que la bacteria que la transmite se anida en los odres de barro donde se sigue procesando el guarapo y de otra parte, en que del mismo origen, vino una cirrosis hepática tratada muy tardíamente.

Se fue de este mundo el último niño Guane, pero con seguridad, que este retrato será eterno y ojalá, más temprano que tarde, sea aliciente para que nos toquemos el alma y volvamos los ojos al campo, a su dignificación, a su grandeza. Es un compromiso de patria y Colombia tiene todo un mundo por activar en materia agraria.

Sobre el nombre de este proyecto editorial de escribir mil palabras para una imagen, la intención no será otra que la de llamar la atención sobre la esencia profunda de la palabra cuando se conjuga con la imagen. Nuestro bello idioma tiene más de 300 mil palabras. Una imagen dice que vale más que mil de ellas. Acepto el reto de conjugarlas y los convoco a ustedes a hacer parte de esta aventura.

Correo: maurobucaro2@gmail.com – Twitter: @maurobucaro