El valor de una sonrisa

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César Mauricio Olaya/ Seguramente al leer la letra de la canción Compraré del español José Luis Perales, el efecto recordación se activará en nuestros cerebros y en nuestros corazones, pues de alguna manera, reivindicará tiempos idos cuando esta tonada se escuchaba por las emisoras que acompañaban la soledad cotidiana de nuestras madres, razón por la cual terminaría por clasificarse dentro de la mal llamada categoría de música para planchar. (Ver imagen)

“Con una sonrisa puedo comprar, todas esas cosas que no se venden. Con una sonrisa compro la libertad del que marcha solo por el camino. Con una sonrisa puedo comprar la mirada dura de mi enemigo. Con una sonrisa compro el dolor de aquel que dejó en la tierra su corazón”.

Más allá de traer a hoy estos recuerdos, la tarea es convocar a la sonrisa como mecanismo transformador de todos nuestros comportamientos. Muchas son las experiencias que a diario nos abordan y que tienen dos caminos, algunas se intermedian por la indiferencia y otras, lamentablemente muy pocas para el deber ser, se convierten en una experiencia de una dinámica vital cuando en ellas interviene una sonrisa.

Según estudios realizados en laboratorios neurológicos, una sonrisa activa una serie de neurotransmisores que proveen sensaciones de satisfacción, armonía, bienestar y sensación general de felicidad. En materia fisiológica, la magia de la sonrisa tiene también sus componentes. De hecho al sonreír estamos poniendo a funcionar 12 músculos de nuestro sistema corporal, que van desde el músculo elevador del ángulo de la boca, hasta el orbicular de los ojos (el mismo responsable de esas arruguitas delatoras que las señoras intentan disimular y que si fueran conscientes, se preocuparían menos por ocultar, pues ellas delatan cuantas veces sonrieron en sus vida).

Hace poco conversaba con mi hijo que vive y estudia en Alemania sobre el tema del comportamiento general de los teutones, que para nuestra forma latina de ser y comportarnos, podría calificarse como radicalmente opuesto. – ¨Por lo general es difícil sacarle una sonrisa en la calle a un alemán. Lástima, porque ellos son la perfecta comparación con una granadilla, de apariencia dura por fuera, pero un solo jugo frágil y escurridizo por dentro. Si ellos sonrieran más, serían el país más feliz del mundo, pues en lo material tienen muy poco de qué preocuparse.¨, concluía.

Y es que por pura dinámica transformadora de nuestras sociedades, deberíamos tener por objetivo de vida sonreír más y fruncir el ceño menos. De hecho, contrario a la reacción negativa de la rabia, la risa es contagiosa y así lo han comprobado científicamente los estudiosos de la gelotología, rama de la neurología que estudia los efectos de la risa en el ser humano. Cuando escuchamos a alguien reír, un radar interno en nuestro cerebro se pone automáticamente en funcionamiento y la sonrisa asoma en nuestro rostro.

Trasladémonos por unos instantes a la fotografía que nos sirve de referencia. Mírenla en detalle, déjense llevar por todo lo que ella refleja e internamente, busquen para ustedes tres palabras que resuman lo que ella les trasmite.

Ahora, ampliemos el ejercicio al contrario e imaginemos a esta hermosa niña en una situación de dolor, con lágrimas corriendo por su tierna cara y que en vez de una sonrisa, en ella se dibujara un rictus de dolor o de angustia.

Hecha esta dinámica les voy a contar su historia. Mayra tiene 9 años, es la mayor de dos hermanos y vive en un lejano lugar que con certeza pocos tienen en el mapa mental de sus referencias llamado Bocas del Carare en jurisdicción del Corregimiento Las Montoyas del municipio de Puerto Parra, en el corazón de las hoy casi desaparecidas selvas del Carare – Opón.

Esta comunidad de no más de 60 habitantes, hizo parte de un proceso cargado de muchas historias por contar sobre la migración a tierras de Santander de un grupo de hombres y mujeres procedentes del Pacífico colombiano, por allá a mediados de la década del 70 y primeros años de los 80´s, cuando en sus tierras se vivía una verdadera batalla sin capítulos de heroísmo o triunfo de parte alguna y sí de mucho dolor, lágrimas y sangre. Capítulos enmarcados en las guerras territoriales por el oro, la madera y establecimiento de las rutas del narcotráfico.

Llegaron huyendo de la guerra y la violencia y se encontraron inmersos en un territorio de guerra. Un territorio inhóspito, agresivo, exuberante en riquezas naturales, pero dual en el sin sentido de ser campo de batalla por la imposición de una u otra línea ideológica, pero que en realidad solo se atizaba en los intereses personales por más acres a favor de uno u otro de los titiriteros que movían los hilos de esos poderes.

Un grupo de estos inmigrantes localizados en la Vereda La India del Municipio de Landázuri, localizado a orillas del Río Carare en las mismas jurisdicciones del Carare – Opón, se habían organizado y de frente, sin miedo, con la certeza de que el mejor camino era la paz y el trabajo cooperativo en pro del bienestar general, se habían alzado contra los actores del conflicto y habían declarado su territorio como un espacio abierto a la vida y a la convivencia. Esa lucha habría de cobrar primero víctimas, pero años más tarde aplausos y reconocimientos al otorgárseles el Premio Nobel Alternativo de Paz.

En Las Montoyas o en el pequeño poblado de Bocas del Carare ya hoy nadie quiere recordar esos capítulos cuando a veces al lanzar la atarraya o recoger el chinchorro, se encontraban no peces, sino muertos. Porque allí la guerra se vivió sin adornos y por más que se quisiera encontrar razones para sonreír, estas les eran esquivas. Por eso hoy ver a Mayra recostada en la colorida viga que soporta la estructura de su casa, no hay otro motivo más que bendecir esa sonrisa que hoy ilumina su rostro sembrado de esperanzas. Bienaventurados los que sonríen, porque de ellos será el reino de los cielos de la alegría.

Correo: maurobucaro2@gmail.com – Twitter: @maurobucaro