Capoteando entre el arte y la violencia

Por: Alex Bayona Castillo/ Hoy el notable interés por la protección de los animales en Colombia y el mundo va en aumento; tanto, que muchas personas sobrepasan los límites de domesticar y cuidar a sus mascotas a un punto de humanizar y extralimitar la naturaleza en sí.

Los animales para la sociedad siempre han sido bienes, sin embargo, hoy en día este concepto evoluciona al punto que la Corte Constitucional se refiere a ellos como “seres sintientes” donde el ser humano debe cuidarles y evitar cualquier tipo de maltrato.

Como cualquier estado pluralista, Colombia contiene muchos puntos de vista; y en este caso es conveniente traer a dos polos (posiblemente opuestos dadas las manifestaciones y ataques entre sí) que abordan la tauromaquia desde todos sus argumentos sociales, jurídicos y pasionales.

En una esquina del “ring” de boxeo tenemos a los que están a favor de la Tauromaquia; los que expresan ser “una minoría” atacada y cuestionada a quien se les vulnera posiblemente los derechos al libre desarrollo de la personalidad, a la escogencia de una profesión y que se les desconoce esta actividad como un arte digno de respeto y parte de la cultura de nuestra sociedad.

En la otra esquina encontramos a los que van en contra, especialmente los animalistas, los que han trabajado día y noche por prevenir y gestionar las más fuertes medidas contra el maltrato animal. En esta esquina son múltiples los perfiles que están, pues se encuentra desde el ciudadano con dieta criolla y autóctona, hasta el más moderno “vegano” que no tolera ningún tipo de fuente alimenticia de origen animal.

En el papel del Réferi han convocado a la Corte Constitucional, quien a través de varias sentencias dadas en los Rounds de combates se ha manifestado para aclarar quienes debe ganar, y aunque parezca darles razón a los boxeadores a favor de la tauromaquia; la réferi Corte invita a analizar si la práctica de los eventos Taurinos se circunscribe dentro de lo cultural y desde allí tomar si es o no permitido.

Un combate que ha dado ganadores parciales, unas veces los “taurinos” han festejado y otras han sido derrotados por decretos distritales o municipales expedidos por Alcaldes y demás.

Las motivaciones del combate son tan delicadas que tristemente la contienda ha trascendido el ring de boxeo, y han atacado a los espectadores, esa ciudadanía quien aguarda en la tribuna con fines de observar quien puede ganar; pero que ha sido lastimada al recibir golpes de unos y otros que han salido del lugar donde deben pelear.

Marchas salidas del límite, donde la coherencia se ve agotada al ver marchas y pancartas que anuncian “eviten el maltrato”, “no al maltrato”, “no a la violencia”, “protejamos los animales” cuando sus portadores llenos de odio, lanzan desde comentarios soeces a adultos mayores, niños, mujeres y población sensible; hasta ladrillos, piedras, aerosoles y demás elementos contra la fuerza pública.

No es bueno ver a “los boxeadores contra el maltrato” atacando a los espectadores con fines de imponer una paz a costa de su propia violencia.

Los que defienden la tauromaquia argumentan que el toro de lidia es técnicamente seleccionado con altos estándares de calidad y durante su crianza y desarrollo se le da una calidad de vida muy superior a cualquier toro. Su instinto atávico de defensa y temperamento hace que una vez esté adulto y listo para la corrida, este luche y se defienda “honorablemente” frente a un torero con capote roja armado de espadas, estoque y banderillas que certifican cada herida del ataque.

Una cultura que según los maestros taurinos debe continuar, pues muchos niños y adolescentes sueñan con ser toreros, tal como lo haría otros niños que sueñan con ser ciclistas, futbolistas, entre otros.

Otro argumento expresado por los boxeadores taurinos, es que el sufrimiento del toro no es más que la consecuencia de un arte expresado, y este sufrimiento existe al igual que los miles de toros corrientes y ganado de la industria que es sometido a vejámenes en los procesos y plantas de producción.

Los que atacan la tauromaquia expresan el salvajismo a simple vista, la sangre y morbo por ver apagar una vida de un animal en notable desventaja frente a un torero salvaje que disfruta el acabarlo y “humillarlo” frente a los espectadores.

Ver un cartel publicitario de un evento taurino es la propia “crónica de una muerte anunciada” de un toro de lidia que ha sido “consentido” en su crianza, alimentado con amor y altos estándares, para luego cobrarle con espadas y banderillas ese costo de vida a cambio de sangre en la arena.

Entre estos dos “polos opuestos” hay una realidad, el maltrato animal a puerta abierta (espectáculos taurinos, peleas caninas ilegales, peleas de gallos) o a puerta cerrada (en los mataderos de ganado, industria alimenticia, entre otros) existe, y, ninguna razón lo justifica, pues estos seres sintientes deben ser conservados y protegidos por el ser humano; y en caso de requerirse para fines alimenticios, no deben ser sometidos a violencia o maltrato.

¿Será igual ver, promover, lucrar, vender boletas, gritar y celebrar públicamente un maltrato (tauromaquia) a un maltrato incierto de otros animales de la industria? La violencia no se debe justificar con violencia, y menos en un país que apuesta a la tan anhelada paz.

¿Alguna vez le han ofrecido entradas o boletas a ver la muerte de ganado en los mataderos? ¿Estaría dispuesto a comprar y asistir a este festín?…

Las dos opciones que resuelven esto será así:

1) Los ciudadanos llenarán las graderías de estas plazas de arena, donde el talento del torero, supervivencia del toro y aplauso de los asistentes integrarán tardes culturales socialmente aceptadas.

2) La ausencia y desatención del pueblo (quien cansado de ver emociones encontradas cuando se apaga la luz de vida de un toro mientras se corta una oreja como trofeo de la victoria) decida no ver o invertir en estos espectáculos…

Los momentos y jornadas taurinas ya hacen parte de la historia y cultura de un pueblo que quiere evolucionar en tiempos de paz, donde la sangre es algo que se debe dejar correr al interior de nuestros cuerpos y no derramarse más en la arena, en el campo o en las calles de nuestras ciudades.

¿Vamos a la plaza a… ver toros?… o Vamos a la plaza a… ver un concierto? La decisión es de cada uno de ustedes y deberá ser respetada y garantizada en este Estado de colombianidad.

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