En el nombre del hijo

Por: Diego Ruiz Thorrens/ “¡Los derechos de nuestros hijos están en peligro! ¡Sal a marchar, por tus hijos, nuestros hijos, en el nombre de Dios, de la moral y contra la desaparición de la raza humana!”, me gritó casi al oído una mujer no mayor a los 40 años de edad el día 06 de noviembre del presente año, en medio de la marcha contra los decretos pro LGBTI y de las supuestas cartillas de la llamada “ideología de género”, mientras caminaba cerca de la plaza Luis Carlos Galán de la ciudad Bonita.

“¡No vamos a tolerar la homosexualización de nuestro país y de nuestros niños!”, gritó otra persona a unos cuantos metros de dónde yo me encontraba. Después de la marcha del 2016, pensé que el odio hacia las poblaciones LGBTI se había disipado… Pero no fue así. Está más vivo que nunca y se manifiesta con inverosímiles argumentos de supuestas amenazas que para ser honesto, no las encuentro en mi labor social con niños, niñas y adolescentes en contexto de vulnerabilidad, algunos de ellos sobrevivientes de abuso sexual.

Los mensajes de odio se repetían una y otra vez, como si fuese necesario corearlas para que así los demás las creyeran. Sintiéndome ligeramente mareado, incapaz de soportar tanto odio acumulado en el aire, decidí seguir caminando, logrando dirigirme hacia un punto dónde se hallaba una señora que vendía dulces y tintos.

La mujer, de unos 60 años aproximadamente (quizá un poco más) me miró con recelo cuando le pedí un bocadillo. Parecía que quería decir algo, compartirme lo que estaba pensando, hasta que disparó una pregunta:

– “¿Usted está apoyando a esos ‘locos’?”.

La miré por sorpresa. – “No mi señora, sólo iba de paso. ¿Y usted los apoya?”, le pregunté.

Su respuesta y semblante no pudo causarme más que sorpresa:

“- Mijo, cuando vienen elecciones esa gente sale con algo para captar votos. Y qué mejor que salir a maldecir a los gays para sumar voticos”.

Le pregunté las razones por las cuales decía eso, queriendo sentirme seguro de haber escuchado correctamente su respuesta.

– “No he conocido el primer gay que embarace a una niña de 10, pero sí a muchos viejos verdes que lo han hecho cerca a dónde yo vivo y que hasta casados están. Sé que hay gays buenos y malos como todo, pero el problema no es esa gente. El problema es que nadie quiere ver que hay puertas adentro de las casas de esas menores que ya tienen bebés”.

La respuesta me desarmó completamente. Y tristemente, sabía que ella tenía razón. A mi mente vino caso tras caso de menores de edad que habían sido abusadas por sus propios padrastros, o de niños agredidos sexualmente por algún miembro cercano a sus núcleos familiares, casos en que casi siempre imperan la impunidad. O reportes de victimarios que al caerles el peso de la ley, admiten que no son criminales porque no son “homosexuales o siquiera bisexuales”.

Los cánticos y mensajes de odio hacia los LGBTI sonaban ahora difusos en el ambiente, aunque seguían siendo repetidos una y otra y otra vez. Ese acto mecánico de repetir el mismo mensaje de odio me recordó un texto que alguna vez leí sobre el poder de la mentira y la confusión para alcanzar algún tipo de rédito político, creando un enemigo socialmente repudiable, cuestionable, filtrando así ese miedo en pequeños sectores poblaciones, abonando para sí un escenario favorable en beneficio propio o colectivo.

La historia atribuye a Paul Joseph Goebbels ésta inmortal frase: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.

¿Quién era Goebbels? Ocupó el cargo de ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich entre 1933 y 1945. Siendo uno de los colaboradores más cercanos de Adolf Hitler,​ fue conocido por su dominio de la oratoria, profundo antisemitismo​ —que se ponía de manifiesto en sus declaraciones públicas— y respaldo a una discriminación racial más progresiva —que, entre otras cosas, acabaría dando lugar al exterminio de los judíos durante el llamado Holocausto.

Para muchos, Goebbels fue alguien equivalente a lo que hoy en día llamaríamos un verdadero “genio del marketing”. Por medio de distintos tipos de confabulaciones, desinformación y estigmatización política de sus contrarios en claro favorecimiento del proyecto de consolidación y expansión Alemana, su retórica era absorbida sin ser cuestionada por toda una multitud de simpatizantes de cada una de las posturas del Führer.

Su completa estratagema política sería a la postre conocida como ‘los 11 principios del propagandismo nazi’, de los cuales tres de estos principios (principio de la exageración, principio de transfusión y principio de unanimidad) han logrado sobrevivir con el paso del tiempo.

El Principio de la exageración y desfiguración reza que se debe “convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave”. El Principio de la transfusión expresa que “por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.”. Y finalmente, el Principio de la unanimidad, menciona que se debe “llegar a convencer a mucha gente que se piensa ‘como todo el mundo’, creando impresión de unanimidad.”

El ab/uso de los anteriores principios (de todos, por no decir más) ha sido esgrimido políticamente en reiteradas ocasiones históricas para potenciar e impulsar algunos sectores sociales, oprimiendo a otros. Con el paso de los años, la identificación de los “odios y prejuicios tradicionales” albergados en el subconsciente de las grandes mayorías, cambiaron su locación y lograron acaparar el corazón de nuevos individuos.

La historia tiende a repetirse. Ya no son los judíos la razón del peligro del nuevo orden mundial. Ahora son todos aquellos que se salen de los moldes validados e impuestos socialmente por las mayorías, dónde la diversidad se convierte en una verdadera “amenaza”.

Por ello, en base de esa misma experiencia histórica, las afirmaciones y argumentaciones que repiten sin el más mínimo pudor o sustento real éstos sectores “protectores de la familia natural y los derechos de los menores”, son tan abstractos como imposibles.

Afirmar que los decretos que buscan proteger a poblaciones LGBTI son en realidad un impulso de una (comprobada como irreal) “ideología de género”, buscando invadir la “mente e inocencia de los menores” son absurdas maneras de despojar de toda responsabilidad la obligación de protección que tienen los padres sobre la crianza y la educación de los niños, culpando a otros de lo que pueda suceder con ellos.

Expresar que los decretos que brindan derechos a las poblaciones sexualmente diversas buscan imponer un nuevo orden social y confundir la sexualidad de los niños no sólo es únicamente alarmista sino absurdamente falso.

Pero ante todo, orientar una lucha que pareciera tener como trasfondo oscurecer la nefasta realidad que viven cientos de miles de menores de edad en sus propios hogares, en los colegios y en las calles, independiente de su orientación sexual e identidad de género, no sólo es un acto de hipocresía. También, es un acto criminal.

Ésta omisión, en el Nombre del Hijo, sí es la verdadera ideología de género.

Twitter: @Diego10T    

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