¿Qué candidato le conviene a Santander?

Por: Édgar A. Henao/ No hay tarea  más necia que convencer a alguien del  candidato que queremos ver en  la Casa de Nariño. Hay excepciones, claro, por eso cuando nuestra madre, tía o hermano se deciden por el que necesita Colombia, es decir, nuestro candidato, sonreímos discretamente  con la felicidad del  monje que gana a un converso.

Pero son excepciones, en un debate  buscamos argumentos que fortalezcan nuestra postura y debiliten la opuesta, en el fondo no cedemos porque tenemos la razón, así funciona, solo que tratándose de  política o religión, las pasiones y el ego personal forman la mezcla perfecta que garantiza que las discusiones acaben como sabemos.

Aun así, en un debate guardamos la esperanza de que ellos, los otros, se guíen por  las evidencias,  las cifras, no por lo que decimos (así es nuestra humildad); deseamos sinceramente quitarles  ese velo que les impide ver las cosas como son; con suerte, de pronto lo logremos; con suerte, nos lo quiten a nosotros.

Al final no importa, el ejercicio en sí  mismo es una metáfora hermosa de la vida: Él, usted, yo,  discutimos sobre asuntos cuya probabilidad de acuerdo es casi nula y con todo, lo intentamos.  Aramos en el mar y sembramos en el viento.

Lo anterior se torna complejo cuando el ambiente informativo está lleno de propaganda sucia (la llamada posverdad) que caldea los ánimos ya propensos a la intolerancia y el fanatismo personal.  ¿Qué formación deberíamos tener para tomar mejores decisiones políticas?, no es la de escoger a  tal o cual candidato, como sugiere el título de esta columna, sino la de tomar una decisión informada y acorde con unos principios basados en el interés general. Difícilmente podrían abarcarse en estas líneas, pero no sobra traer a cuento algunos de ellos.

Hace un buen tiempo Ismael Murcia, catedrático español de Ciencia Política, destacó que la gran triada, los atributos que debe poseer cualquier candidato son credibilidad, experiencia y honestidad. Nuestro esfuerzo como ciudadanos debe estar dirigido a eso: estudiar hojas de vida,  leer propuestas, examinar antecedentes y sobre todo, mirar la coherencia entre las palabras y acciones.

Solo hacemos lo último. Bueno, no todos. Pero la lección que subyace es que la toma de decisiones ponderadas, razonables, no movidas por la sola simpatía o carisma del candidato, requiere tiempo, esfuerzo, examen riguroso, contraste de propuestas, lo que a veces nos falta, no a todos. La polarización política se difumina cuando se comprueba que la solución apropiada a un problema público no es de dominio de un solo partido.

¿Le ha tocado alguna vez  escoger a un candidato que no le gusta,  solo con el fin de evitar que gane el contrario? Castigamos al malo escogiendo un mal menor, lo cual denota la crisis de los  partidos políticos y de su carencia de legitimidad para recoger las demandas sociales.

No es un llamado a la abstención, cuyo alto porcentaje ya tiene una larga tradición en Colombia y sus resultados son apenas visibles. No, algo más difícil: Hacer control ciudadano, mantenerse informado, no escoger candidatos con alianzas dudosas o que reciban apoyo de barones electorales. Obvio,  no estamos en Dinamarca, pero algunos políticos recientes han sacado adelante campañas limpias, sin favores de caciques regionales, ¿por qué conformarnos con menos?

No es la ecuación que lo resuelve todo. El componente ético es fundamental, por más trillado que sea no le resta validez al postulado: Si somos honestos y decentes  en cosas mínimas nos será más fácil resistir eventos que pongan en tela de juicio nuestra integridad. Podemos exigirle el mismo talante a quien aspire a gobernarnos. No desistamos, si no convencemos a nadie, al menos mejoraremos el nivel del debate y eso, queridos lectores, ya es mucho.

Correo: u297_4@hotmail.com –  Twitter: @henaot1

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password